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Emma y el Hada de los Chupetes

Emma tenía tres años y sabía ponerse las zapatillas casi sin ayuda. También bebía en vaso y guardaba sus cuentos.
Pero el chupete iba con ella al parque, a la merienda y a la cama. Emma lo tocaba y sentía calma, como una mantita pequeña.

Una noche, la luna miró por la ventana. Emma estaba en la cama, con el chupete apretado en la mano.
Entonces sonó un tintineo suave, clin, clin, y apareció el Hada. Emma abrió mucho los ojos, pero no se escondió.
—Buenas noches, Emma. Vengo a hablar, no a mandar.

El Hada se sentó cerca, dejando espacio. Su voz era tranquila, como agua lenta.
—Recojo chupetes de niños que ya pueden despedirse. Luego los llevo a bebés recién nacidos, que aún los necesitan mucho.
Emma escuchó. El cuarto pareció quedarse muy quieto.

Emma miró su chupete. Lo conocía desde siempre. Había dormido con él muchas siestas y noches. Lo apretó contra el pecho.
—Me da un poquito de miedo, dijo.
El Hada asintió despacio.
—Puedes elegir cuándo. Tu corazón sabe crecer.
Emma respiró hondo, muy despacito.

Durante un rato, Emma no dijo nada. Pensó en los bebés pequeños, en sus manos cerradas y en sus sueños nuevos.
Después miró la ventana, donde la luna dejaba un camino claro.
Emma caminó despacio y puso el chupete en el alféizar.

El Hada sonrió con ternura, sin hacer ruido. La bolsita se abrió con un SUSURRO de tela.
—Gracias, Emma. Esto es un regalo valiente.
Emma sintió un nudo pequeño, luego aire. La luna parecía más cerca, cuidando su decisión. Ella se metió en la cama tranquila.

Por la mañana, Emma encontró una cajita donde había dejado el chupete. Dentro había una estrella suave para abrazar. Emma la sostuvo contra el pecho y sonrió.
—Hoy he elegido ser mayor un poquito.
Desde entonces, durmió tranquila, orgullosa y ligera por dentro.






