
cuentosIA
La mancha que no se borra

En clase, Pablo e Iván dibujaban dragones codo con codo. La profe miró el cuaderno de Iván y sonrió.
—Qué idea tan buena, Iván.
A Pablo le pinchó algo por dentro y soltó:
—Eso no es un dragón, parece un churro. Iván calló y cerró el cuaderno.

En el recreo, Pablo corrió hacia la portería, pero Iván se quedó aparte, con el cuaderno apretado contra el pecho. Cuando Pablo le llamó, Iván negó con la cabeza.
Pablo sintió una piedra en el estómago. Ya se le pasará, pensó, aunque aquella piedra no se movió.

Al día siguiente, Pablo dejó su bocadillo en la mesa de Iván y luego le ofreció sus mejores cromos. Iván empujó ambas cosas despacio, sin enfadarse, pero sin mirarle siquiera.
Lo peor fue ver el cuaderno cerrado otra vez. La piedra de Pablo pesó más que la mochila.

Esa tarde, en casa, Pablo quiso dibujar un dragón enorme, con alas torcidas y cola de remolino. Borró una vez, dos, seis. El papel acabó lleno de manchas.
Entonces entendió lo difícil que era.
—Fui injusto, susurró. Y la piedra creció un poco más.

A la mañana siguiente, Pablo se sentó junto a Iván antes de que sonara el timbre. Le costó arrancar, pero no buscó excusas.
—Dije algo feo de tu dragón porque me dio rabia que la profe te felicitara. Estuvo mal.
Iván no sonrió, aunque le escuchó entero.

Pasaron unos días. Una tarde, Iván abrió por fin el cuaderno. Dentro esperaba un dragón nuevo, valiente y raro, como si hubiera cruzado una tormenta.
Iván no dijo nada; solo le pasó un color a Pablo. Y Pablo comprendió que el perdón empieza así: despacio, como una mancha que se aclara.






