
cuentosIA
Leo y el castillo de arena que tardó mil horas

Leo quería todo enseguida. Si la merienda tardaba, resoplaba. Si el autobús no llegaba, daba golpecitos con el pie. En la playa, aquella mañana, vio un castillo de arena precioso y pensó que tendría uno igual en un momento.
—Yo también puedo.

Corrió hasta la orilla, llenó el cubo, apretó la arena y volcó la torre. PLOF. Se abrió por un lado. Leo probó otra vez, más deprisa todavía. CRASH. La muralla se hundió y el foso quedó como un charco torcido.
Leo frunció el ceño.

Cerca de él, un niño mayor seguía trabajando sin enfadarse. Ponía arena, agua y una piedrecita cada vez. Luego alisaba un borde con la mano.
Leo le miró y preguntó:
—¿Cómo te sale tan bien?
—Despacio. Si corres, se cae.

Leo quiso hacerlo rápido otra vez, pero se detuvo. Llenó medio cubo. Apretó con cuidado. Esperó un poco antes de levantarlo. Esta vez la torre aguantó.
—Ahora otra, dijo sonriendo.
Leo puso una concha, luego una piedra lisa. El castillo empezaba a respirar.

Una ola traviesa llegó más lejos y rozó la entrada. Leo se quedó quieto. Antes habría bufado. Esta vez abrió un canal para sacar el agua y reforzó la base con arena húmeda.
Trabajó sin correr. Torre a torre, el castillo creció fuerte, bonito y firme.

Cuando terminó, Leo se sentó a mirarlo. No era igual que el del niño. Era suyo, y eso le hizo sonreír hasta las orejas.
—Ha tardado mucho, dijo bajito.
Luego tocó una torre con un dedo.
—Pero qué bonito ha salido.






