
cuentosIA
Hugo y la caja de los recuerdos

El día de la mudanza, Luca miró su cuarto como si fuera a despedirse de un planeta entero. Tenía un nudo en la garganta. La estantería, la alfombra, la ventana: todo parecía decir adiós. Incluso su parque favorito le dolía dentro como lluvia.

Mientras llenaba una caja, encontró una entrada arrugada del museo de robots. Sonrió un segundo. Después apareció una piedra lisa del parque, guardada en un calcetín.
—No quiero olvidar nada, susurró. Y el pecho se le encogió otra vez, pequeño y apretado.

Su madre se sentó a su lado y no intentó arreglarle la pena deprisa. Solo acarició la caja vacía.
—Echar de menos también quiere decir que has querido mucho.
Luca guardó la entrada y la piedra en su mochila. Quizá puedan venir conmigo, pensó.

La nueva casa olía a pintura y a pasillo desconocido. Luca avanzó despacio, contando puertas, como si fuera un videojuego sin mapa. Pero al abrir su habitación sintió un vacío raro.
—Aquí no ha pasado nada todavía, dijo, casi enfadado.

Entonces abrió la mochila. Colocó la piedra en el alféizar, la entrada dentro de un cajón y su lámpara junto a la cama. El cuarto cambió un poco, como cuando asoma sol tras las nubes.
Desde la ventana vio a un niño con un balón mirándole abajo.

Luca bajó con mariposas en el estómago y el robot del llavero golpeando la mochila: toc, toc. El niño levantó la mano.
—¿Quieres jugar?
Luca respiró hondo.
—Vale.
Y entendió que los recuerdos no ocupan una casa: abren sitio para la siguiente.






