
cuentosIA
Emma y el bebé que ocupaba todo

Cuando el bebé llegó a casa, Emma notó que el silencio cambiaba. Mamá tenía los brazos ocupados, las visitas miraban la mantita, y hasta su antigua cuna olía a sábanas nuevas.
Emma apretó su muñeco contra el pecho. Quería quererlo, pero algo le tiraba dentro fuerte.

Esa noche, mamá sentó a Emma en la cama. La casa estaba suave, con la luz pequeña encendida. El bebé dormía cerca, haciendo ruiditos de leche.
Emma miró sus manos y dijo muy bajito:
—Quiero que se vaya.
Luego esperó, encogida, sin mirar.

Mamá no se enfadó. Respiró despacio y acarició la manta de Emma.
—Eso que notas se llama celos, dijo. —Es un nudo. No es malo. A mí también me pasó con mi hermana.
Emma levantó la cara. El nudo seguía allí, pero ya tenía nombre.

Al día siguiente, mamá puso un cojín junto a la ventana y apagó el móvil. El bebé dormía en su mantita.
—Esta será la hora de Emma, anunció.
Leyeron un cuento, bebieron zumo y contaron nubes. Emma sintió un hueco calentito abrirse.

Pero por la tarde, el bebé lloró. Mamá lo cogió enseguida, y el nudo volvió a apretar.
Emma se quedó quieta con una cuchara en la mano. La movió despacio, como una varita.
El bebé paró. Después soltó una risa pequeña, clara.

Emma abrió mucho los ojos. Probó otra vez: cuchara arriba, cuchara abajo, pasito suave. El bebé rió más, con burbujas de alegría.
Mamá sonrió, cansada y feliz.
—Ese baile solo lo sabes hacer tú.
El nudo de Emma se aflojó un poquito.

Desde entonces, cada día tuvo su hora de Emma. A veces había cuento; otras, abrazo y silencio.
Cuando el bebé lloraba, Emma respiraba y buscaba la cuchara.
—Soy la hermana mayor, decía, orgullosa.
Y el nudo, ya pequeño, se dormía con ella.








