
cuentosIA
Hugo y las palabras que curaban

En clase de plástica, Hugo corría a guardar las ceras cuando su codo rozó un dibujo. CRACK. La hoja favorita de su mejor amiga se partió por la mitad.
Hugo se quedó quieto. Ella miró el papel roto y sus ojos se llenaron de agua.

Hugo quiso esconder los trozos debajo de una carpeta. Pero le pesaban las manos, como si llevaran piedras.
Su amiga apartó la silla sin hablar. Entonces Hugo notó un nudo en la barriga. Quería arreglarlo todo, aunque no sabía por dónde empezar.

Durante el recreo, la maestra se sentó a su lado en el banco del patio. Hugo miraba sus zapatillas.
—No era aposta, susurró.
La maestra no le dio una solución mágica. Solo preguntó: —¿Qué necesita ella para notar que te importa?

Hugo pensó un rato. Luego recogió los trozos con cuidado, buscó cinta y alisó la hoja despacito. No quedó perfecta.
También dejó su lápiz brillante sobre la mesa de su amiga. Después respiró hondo, como antes de saltar un charco grande.

Al volver a clase, Hugo se acercó muy despacio.
—He roto tu dibujo y te he hecho daño. Lo siento mucho. He intentado arreglarlo. Si quieres, hago otro contigo.
Su amiga tocó la hoja pegada. Hugo esperó. El silencio parecía larguísimo.

Entonces ella levantó la vista y asintió.
—Vale. Pero esta vez lo pintamos juntos.
Hugo sonrió, aliviado, y compartió sus mejores ceras. Trabajaron despacio hasta que sonó la campana. Al salir, llevaba el corazón más ligero y las manos, por fin, tranquilas.






