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El reino mágico de Adhara

Adhara conocía el bosque encantado por sus sonidos: los pájaros al despertar, las hojas bajo los pasos, el arroyo detrás de los árboles. Recogía semillas caídas como quien encuentra tesoros, y los animales se acercaban sin miedo.
Una noche descubrió un ciervo perdido junto al sendero. Aunque ya bostezaba, decidió acompañarlo.
—Vamos, pero nada de carreras. A estas horas mis piernas están medio dormidas.
El ciervo avanzó despacio. Ella lo siguió hasta un claro que olía a lluvia.

En el claro esperaba Clío, antigua guardiana del bosque. Al ver llegar a Adhara, apoyó una mano sobre la tierra.
—Desciendes de Artemisa, diosa de la naturaleza y los animales. Puedes aprender a escuchar lo que necesita este lugar.
Adhara se arrodilló. Bajo los dedos sintió el temblor de unas raíces sedientas.
—La magia permite escuchar, no dar órdenes. Cuidar exige manos, paciencia y ayuda.
Ella apartó unas piedras que bloqueaban el arroyo. El agua corrió hacia las raíces.

Durante las semanas siguientes, Adhara aprendió con Clío a cuidar árboles y animales. Escuchaba antes de actuar: una rama quebrada necesitaba apoyo; un nido, tranquilidad. También descubrió que madrugar seguía costándole, incluso con un don extraordinario.
Una tarde, el suelo transmitió un estremecimiento distinto. Después llegó el olor de la tormenta.
—Esto no pide una regadera precisamente.
Clío escuchó el viento entre las copas.
—Será fuerte. Necesitaremos al pueblo.
Adhara echó a correr por el camino antes de que anocheciera.

Cuando regresó con los habitantes del pueblo, empezaban a caer gotas gruesas. Adhara explicó dónde estaban los nidos y qué caminos debían despejar. Entre todos retiraron ramas y sujetaron con cuerdas los árboles jóvenes.
BRRRUM, retumbó el cielo.
El ciervo se detuvo ante un paso inundado. Detrás aguardaban otros animales. El refugio quedaba al otro lado, pero el agua seguía subiendo.
Adhara tocó la tierra buscando una salida. Solo percibió raíces empapadas. Apretó los labios y miró alrededor.

Entonces Adhara recordó las piedras del arroyo. No necesitaba detener la lluvia: necesitaba abrirle paso.
—¡Apartemos las ramas de esa zanja! El agua podrá salir por ahí.
Mientras los habitantes retiraban el atasco, ella acompañó al ciervo hasta una zona firme. La corriente bajó poco a poco y los animales pudieron cruzar.
Cuando todos estuvieron a salvo, Adhara dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.
Artemisa apareció junto al refugio.
—Has escuchado al bosque. Y has sabido pedir ayuda.

Orgullosa, Artemisa pidió a los dioses una estrella que llevara para siempre el nombre de Adhara. Aquella noche brilló en la constelación del Can Mayor, orientando a quienes se perdían o buscaban ayudar a un animal.
Adhara la contempló desde el bosque y bostezó.
—Tú vigila arriba. Yo seguiré aquí… después de dormir.
Su aventura más bonita acababa de comenzar.
Para mi dulce Adhara, mi querida ratoncita, con todo mi cariño: que nunca dejes de soñar, descubrir la magia a tu alrededor y brillar con luz propia.








