
cuentosIA
Alba y el tarro de las cosas bonitas

Alba siempre pedía otra cosa: un peluche, pinturas, una pelota nueva. Cuando terminaba de abrir un regalo, ya estaba pensando en el siguiente.
Una tarde, su abuela le dio un tarro de cristal vacío y dijo:
—Guárdalo cerca. Ya verás.

Alba miró dentro. No había nada, ni brillo ni secreto. Lo dejó sobre su estantería y siguió refunfuñando porque quería una casa de muñecas enorme.
Pero, al marcharse, la abuela añadió:
—Solo funciona si das las gracias de verdad.

A la mañana siguiente, mamá le preparó tostadas calientes con mermelada. Alba iba a sentarse sin más, pero olió el pan, vio el zumo servido y recordó el tarro.
—Gracias, mamá.
Entonces oyó un suave plink desde su cuarto.

Corrió a mirar. Dentro del tarro flotaba una lucecita amarilla, temblando como una risa pequeña. Alba abrió mucho los ojos.
En el cole probó otra vez, cuando su amiga le prestó una cera azul.
—Gracias, Clara.
Por la tarde apareció otra luz.

Desde entonces, Alba empezó a fijarse. Daba las gracias por el sol tibio en el parque, por la sopa cuando llovía, por un abrazo inesperado. El tarro se llenó de puntitos verdes, naranjas y azules.
Una noche quiso otro juguete, pero dudó.

Se sentó junto al tarro encendido y escuchó el silencio brillante de su cuarto. No era magia ruidosa; era otra cosa, más honda.
Alba abrazó el cristal y sonrió.
—Gracias por mi día.
El tarro lanzó una última luz, cálida como un beso.






