
cuentosIA
Valentina, ¿dónde está mi chupete?

Valentina se lavó los dientes y fue a por su chupete. Siempre estaba en la mesita. Pero hoy no. Miró bajo la almohada, en el suelo, en la sábana. Nada. El pecho se le puso como un tambor: pum, pum. “¿Dónde te has ido?”, susurró Valentina. Mamá asomó la cabeza. “Lo buscamos juntas, vale”. Valentina asintió, muy seria.

Valentina se agachó junto al sofá del salón. Metió la mano hasta el codo. Tocó migas, una pieza de puzle… y un dibujo viejo. Era un sol con patas. Valentina soltó una risa que hizo cosquillas al miedo. “¡Mira, mamá! ¡Corre el sol!” Mamá se rió también. Buscar era raro: daba nervios, pero a veces daba sorpresas.

En el pasillo, Valentina abrió el cajón de los calcetines. Dentro había montañas blandas. Removió, buscó, olió a jabón. No estaba. Pero apareció un cochecito que llevaba meses perdido. “¡Mi brrrum!”, dijo Valentina, y lo hizo rodar por el suelo. Luego se paró en seco. “Vale… seguimos”, se ordenó, como si fuera una detective.

Valentina fue a la cocina. Abrió la bolsa de la compra, miró en una caja de cereales y hasta dentro de una olla. “Chupete, ¿te has hecho sopa?”, preguntó. Mamá negó, divertida. Entonces Valentina vio una foto en la nevera: ella de bebé, con chupete y babero. Se quedó quieta, como si el tiempo la saludara. “Qué peque era”, murmuró.

En la entrada, Valentina abrió la cesta del perro. El perro levantó la cabeza, medio dormido, y movió la cola. Valentina apartó una pelota babosa y un hueso de goma. “Perro, no te lo has comido, ¿no?” El perro bostezó como diciendo: ni idea. Valentina notó mariposas en la tripa. El sol ya se estaba apagando.

Ya era noche. Valentina se metió en la cama sin chupete. El corazón le corría como si jugara al pilla-pilla. “No puedo”, dijo en voz bajita. Papá se sentó a su lado. “Te entiendo, Valentina. Da un poco de susto.” Le ofreció el osito. “Aprieta fuerte. Yo me quedo aquí.” Valentina apretó y escuchó la respiración de papá.

Valentina pensó que el sueño no vendría. Pero el osito olía a casa. Papá tarareó muy suave. Valentina notó el nudo de la garganta aflojarse, como un lazo que se deshace. Sus ojos pesaron. “Si aparece mañana…”, murmuró. “Mañana buscamos otra vez”, prometió papá. Y sin darse cuenta, Valentina se durmió, despacito, sin chupete.

A la mañana siguiente, Valentina saltó del sofá y notó algo duro. Detrás del cojín estaba el chupete, tan tranquilo. “¡Ah, eras tú!”, dijo Valentina, entre risa y enfado. Lo miró un momento. Luego fue al cajón de los calcetines y lo guardó allí, junto al cochecito. “Hoy duermo con el osito”, anunció. Y se sintió grande por dentro.









