
cuentosIA
Mateo no quiere hacer la maleta
Para mi tesoro, con todo mi amor 💎

En casa, Mateo veía cajas por todas partes. Mamá doblaba ropa. Papá pegaba cinta que sonaba “crac, crac”. A Mateo le picaba la barriga, como si tuviera una tormenta dentro. “Mateo, ¿me ayudas?”, pidió mamá. Mateo negó con la cabeza. Se sentó en el suelo y apretó los labios. No quería tocar nada. Si no movía cosas, quizá nada cambiaba.

Mamá puso una caja abierta delante de Mateo. “Elige qué juguetes te llevas.” Mateo dijo rápido: “Todos”. Y se cruzó de brazos más fuerte. Papá se agachó. “Nos vamos a otra casa. Esta ya no es nuestra.” Mateo tragó saliva. “¿Y mi cuarto tampoco?” Papá respiró hondo. “Tampoco.” A Mateo le subió un nudo a la garganta, duro como una piedra.

Mateo caminó hasta su cuarto y abrió un armario vacío. Se metió dentro y cerró la puerta. Todo quedó oscuro. Olía a madera y a polvo quieto. Mateo se sentó, con las rodillas cerca del pecho. Allí dentro, su corazón hacía “pum, pum” fuerte. Pasó un rato. Nadie le tiró de la mano. Solo se oyeron pasos despacio al otro lado.

Mamá se sentó al otro lado de la puerta. No dijo “sal ya”. Habló bajito: “Mateo, yo también voy a echar de menos esta casa”. A Mateo se le aflojó un poco el nudo. Abrió la puerta un dedo. Mamá sonrió sin prisa. “Tengo una idea. Una caja especial, solo tuya. Tú decides qué entra.” Mateo dudó… y asintió.

Mateo salió y buscó una caja limpia. La puso delante de él, como un tesoro. Eligió despacio: su dinosaurio verde, la linterna del abuelo, un dibujo del cole, una piedra lisa del río. Cada cosa entraba y el pecho de Mateo se calmaba, como si saliera el sol. Luego cerró la caja. Con rotulador, escribió “MATEO”, torcido, pero suyo. “Vale”, susurró.

Al día siguiente, la casa nueva olía distinto. Había eco y montones de cajas. Mateo se quedó quieto un momento. La tormenta volvió, pequeñita. “¿Dónde está mi caja?”, preguntó. Papá señaló una esquina. Mateo corrió. La abrió y sacó el dinosaurio. Lo puso en una estantería vacía. Miró alrededor, respiró. “Ya está”, dijo Mateo. “Ya es mi cuarto.” Y sonó verdad.











