
cuentosIA
Martina y la carta a los Reyes

La tarde del cinco de enero, Martina iba de la mano de su abuelo Julio a la cabalgata. Olía a castañas y hacía frío. Martina apretaba su carta.
—¿Preparada?
—Sí. Hoy se la doy yo al paje real.
A lo lejos, los Reyes saludaban desde sus carrozas.

Cuando llegó su turno, Martina levantó la carta hacia el paje real. Pero una ráfaga de viento se la arrancó. El papel voló entre carrozas, caramelos y tambores.
—¡Abuelo, se escapa!
Julio le sujetó bien la mano.
—Vamos detrás. Sin soltarnos.
Martina echó a andar deprisa.

La carta se enganchó en una farola. Martina se puso de puntillas, pero quedaba demasiado alta.
—Baja, por favor.
El viento volvió a soplar. La carta cayó sobre el gorro de un músico. POM, POM sonaba el tambor.
—Ahora lleva sombrero.
A Martina se le escapó una risita.

Después, la carta dio otra vuelta y se posó en el lomo de un camello. Martina y Julio siguieron por la acera, siempre de la mano.
—¡Esa carta no es para comer!
Pero el viento la levantó otra vez y la carta desapareció en lo alto de la última carroza.

De vuelta a casa, Martina caminaba despacio. Ya no oía los tambores. Julio no la apuró. Al llegar, preparó chocolate caliente y se sentó a su lado.
—¿Y si nadie la ha leído?
—No lo sabemos. Ha llegado hasta una carroza.
Martina abrazó su taza calentita.

Antes de acostarse, Martina dejó sus zapatos junto al balcón. Luego llevó un cubo de agua para los camellos y tres polvorones.
—Uno para cada Rey. Que no tengan que partirlos.
Julio la ayudó con el cubo.
—¿Aquí está bien?
Martina asintió y dejó todo preparado.

La mañana del seis de enero, Martina corrió al balcón. Junto a los regalos estaba su carta abierta. Debajo de su firma había tres coronitas dibujadas en dorado.
—Abuelo, mira…
Julio se sentó junto a ella. Martina recorrió las coronitas con un dedo y después le abrazó.









