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Encendido de luces de Navidad en Cangas de Onís

En Cangas de Onís, el frío olía a invierno y a galletas recién hechas. Sara esperaba junto al Puente Romano, rodeada de familias. Sobre el Sella colgaban las luces de Navidad, todavía apagadas. El pueblo entero empezó la cuenta atrás, y ella contó también.

Todos gritaron:
—¡Tres, dos, uno!
Pero no se encendió ni una bombilla. Los niños dejaron escapar un largo suspiro. Sara también sintió un pellizco de decepción. Entonces oyó un sollozo bajo el puente. Se acercó por el camino de la orilla y escuchó con atención.

Allí estaba Elfo, buscando entre las piedras con desesperación. Sara se agachó cerca.
—¿Has perdido algo? —preguntó.
—He perdido la chispa de encendido —dijo Elfo—. —Sin esa lucecita mágica no puedo iluminar el puente. Y eso que siempre la guardo muy bien… Bueno, o casi siempre.

Sara apoyó las manos sobre las rodillas y miró despacio entre las piedras. Un destello temblaba dentro de una grieta.
—¡Ahí! Está jugando al escondite.
Elfo soltó una risita nerviosa.
—No soples todavía. ¿Me ayudas a devolverla al cielo?
Sara acercó las manos sin tocarla.

La chispa saltó hasta las manos de Sara y le dio un calorcito agradable. Elfo acercó las suyas.
—Piensa en algo que te haga mucha ilusión —pidió.
Sara recordó las voces contando juntas.
—Quiero oírlas otra vez.
Entonces ambos soplaron despacito y la lucecita empezó a subir.

Primero brilló una bombilla. Después, otra y otra, hasta que el Puente Romano estalló en luz. El Sella devolvió mil reflejos y el pueblo rompió en aplausos. Sara dio un saltito de alegría. Nadie sabía quién había salvado la noche. Elfo aplaudió también, sin hacer ruido.

Bajo el puente, Elfo se acercó a Sara.
—Gracias. ¿Guardarás el secreto?
Ella asintió y se llevó un dedo a los labios. Después regresó junto a las familias, con el corazón calentito. Antes de marcharse, miró hacia la orilla y susurró:
—¡Feliz Navidad!
Las luces parpadearon.









