

Luci llegó emocionada a la pista de patinaje recién inaugurada en Boadilla, brillando bajo la tarde.
Aquel día la plaza olía a chocolate caliente y sonaba una dulce música navideña.

Se puso los patines y respiró hondo, sintiendo la emoción del primer impulso.
Al principio avanzó despacio y prudente, maravillada por las luces y los adornos navideños.

Pronto patinó con más soltura y dejó una pequeña estela luminosa sobre el hielo.
Cerca, el mercadillo olía a canela; una caseta ofrecía adornos brillantes y otra dulces caseros.

Luci encontró a un niño con las manos frías y mirada tímidamente triste.
El niño quería patinar pero tenía miedo; Luci recordó su propia primera vez patinando.

Luci sonrió, le ofreció su mano y le dijo que juntos podían intentarlo poco a poco.
Al principio cayeron varias veces; la pista estaba fría, dura y llena de aprendizajes.

Luci enseñó al niño a equilibrar el peso, empujar suave y mirar siempre hacia adelante.
Mientras tanto, las familias miraban; algunos aplaudían y otros ofrecían consejos amables y alentadores.

Cuando el niño logró patinar, ambos rieron con una alegría contagiosa.
La tarde trajo viento y una fina nieve dejó marcas que hicieron la pista un poco traicionera.

Un paso en falso casi los tumbó; Luci respiró, recordó las instrucciones y siguió con valentía.
Terminaron riendo, con chocolate caliente; Luci entendió que la verdadera magia aparece cuando alguien se atreve a ayudar a otro.






