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Luci y la magia sobre hielo en Boadilla

Luci amaneció emocionada: habían instalado una pista de hielo en la explanada del Palacio del Infante don Luis, en Boadilla del Monte. ¡Y ella iba a probarla! Durante el desayuno, movió los pies bajo la mesa.
—Primero desayunar, luego deslizar. No al revés.

Al llegar, Luci notó el frío en las mejillas y el olor a chocolate caliente. Sonaban villancicos. Delante del palacio, la pista brillaba como un espejo recién estrenado, rodeada de luces que parecían guiñarle un ojo.
—¡Menudo sitio para aprender!
Se sentó y ajustó los patines.

Con una mano en la barandilla, Luci respiró hondo y dio el primer impulso. Las piernas le temblaban un poquito. Avanzó despacio, probando cómo frenar, mientras el hielo crujía suavemente bajo las cuchillas.
—Vale, pies, vamos juntos.
Después soltó una mano. Luego la otra. Seguía en pie.

Poco a poco, Luci encontró el ritmo. Doblaba las rodillas, empujaba y se deslizaba dejando una estela fina. Los niños reían y las familias aplaudían junto a la pista. El palacio parecía observarlo todo con orgullo antiguo.
—¡Ahora sí!
Al intentar saludar, tuvo que recuperar el equilibrio.

Después de varias vueltas, Luci cambió los patines por sus botas y se acercó al mercadillo. Las casetas de madera olían a canela. En una descubrió adornos hechos a mano; en otra repartían dulces.
—Esto huele a Navidad.
Saboreó una galleta mientras escuchaba un pequeño violín.

La melodía venía de otra caseta. Luci reconoció el villancico y empezó a cantarlo bajito. Algunos niños se sumaron; las familias marcaron el ritmo con las palmas. Ella guardó el último trocito de galleta para aplaudir también.
—¡Otra vez, que ahora me sé el principio!
Y cantó.

Cuando terminó el villancico, Luci regresó a la barandilla, todavía tarareando. Sobre el hielo, las luces seguían guiñando y las cuchillas dibujaban caminos. Sacó el trocito de galleta que había guardado.
—Ahora sí te toca.
Lo mordisqueó mirando el palacio, mientras otra canción llenaba la explanada.









