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Mamá y Santiago: La Aventura del Corazón Infinito
Para que siempre que lo leas te acuerdes de mi, Porque eres mi razón de ser, el amor de mi vida y el sol de mis días, te ama infinitamente mamá

Esa mañana, Santiago Naim encontró una llave dorada debajo de su almohada. No abría la puerta, ni el cajón, ni la caja de galletas, aunque él lo intentó con mucha seriedad.
Annel lo miró contener la risa.
—Tal vez abre algo más importante.
Santiago Naim apretó la llave contra su pecho y sintió cosquillas, como mariposas haciendo fila.
—¿Mi barriga tiene puerta?
Entonces, la habitación brilló suavemente y el piso se volvió camino.

El camino los llevó a un bosque donde las hojas parecían luceros. Cada paso hacía tin tin, como cucharitas chocando en una taza.
Santiago Naim caminaba delante, valiente, pero de pronto se detuvo. En su garganta apareció un nudo pequeñito.
—Mamá, siento como si mi corazón usara zapatos apretados.
Annel no apuró sus pasos. Se agachó a su lado.
—Eso suena a nervios. Podemos caminar despacio, juntos.
El bosque esperó, paciente.

Más adelante encontraron un puente hecho de rayos de luna. Para cruzarlo, había que decir tres cosas que dieran valor.
Santiago Naim pensó mucho. Luego levantó un dedo.
—Uno: puedo pedir ayuda. Dos: puedo respirar. Tres: si me caigo en una nube, mínimo será blandita.
Annel soltó una carcajada que hizo bailar las ramas.
—Ese tercero es muy científico.
Cruzaron riendo, y los nervios de Santiago Naim caminaron más tranquilos.

Al otro lado aparecieron las Montañas de Risas. No eran altas por piedras, sino por carcajadas apiladas. Cada vez que alguien recordaba algo gracioso, una colina crecía.
Annel contó la vez que Santiago Naim se puso dos calcetines en la misma mano y anunció que era “pulpo de invierno”.
—¡Era una investigación!
La montaña tembló con un JA JA JA redondo. Entre risas, Santiago Naim descubrió que la alegría también podía empujar cuando las piernas dudaban.

Después, el sendero bajó hasta un mar tibio, hecho de abrazos que flotaban como olas suaves. Para navegarlo, encontraron una barquita con remos de almohada.
Santiago Naim subió primero y quiso remar rapidísimo. La barca giró en círculos.
—Capitán, creo que estamos visitando el mismo pez imaginario tres veces.
—Es que le caímos bien.
Cuando remaron al mismo ritmo, el mar los llevó hacia una isla con forma de corazón.

En la isla había una puerta sin cerradura. Santiago Naim probó la llave dorada, pero no entró. Frunció la boca, decepcionado.
—Creo que mi llave salió tímida.
Annel puso una mano sobre la puerta y cerró los ojos.
—Tal vez no se abre con fuerza. Tal vez se abre diciendo lo que sentimos.
Santiago Naim respiró hondo. Dentro de él había un tambor inquieto, pero también una lucecita esperando turno.

Santiago Naim miró a Annel. De pronto recordó los días en que ella iba a trabajar, las noches oscuras, y ese pensamiento nuevo: algún día crecería mucho. El tambor de su pecho sonó fuerte.
—¿Y si crezco tanto que ya no quepo en tu corazón?
Annel lo abrazó sin borrar su pregunta.
—Entonces mi corazón aprende a hacerse más grande. Siempre ha sabido estirarse por ti.
La puerta brilló, pero esperó su siguiente palabra.

Entonces Santiago Naim apoyó la llave en su propio pecho.
—Siento miedo, y también siento amor. Los dos están aquí.
La llave se encendió como un sol pequeño. La puerta se abrió con un CLIC dulce, y dentro apareció un cuarto inmenso lleno de recuerdos: carreras en el pasillo, cuentos medio dormidos, besos pegajosos de helado.
Annel tomó su mano.
—Este es mi Corazón Infinito. Tiene espacio para todo lo que eres.

Cuando volvieron a la habitación, la llave ya no estaba. En su lugar, Santiago Naim tenía una sensación tibia bajo la camiseta, como una manta recién secada al sol.
Esa noche, antes de dormir, dibujó un corazón con puertas, ventanas y una chimenea torcida.
—Para que el amor respire y no se acalore, explicó.
Annel besó el dibujo y lo guardó junto a su cama. Afuera, la luna guiñó un ojo, tranquila.









