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Leo y las palabras que pesan

En el recreo, Leo se iba al borde del patio. Allí levantaba piedras con cuidado y miraba qué pasaba debajo. Le gustaban las hormigas, sus caminos y sus prisas. Un día pasaron unos niños corriendo. Uno señaló y dijo: “Mira, el raro”. Los demás se rieron. Leo no contestó. Pero la palabra se le quedó dentro, como una piedra en el bolsillo.

Al día siguiente, Leo volvió a su rincón. La piedra del bolsillo pesaba más que ayer. Se acercó a una hormiguera… y paró. Oyó risas en el pilla-pilla y miró de reojo. “A lo mejor soy raro de verdad”, pensó. Le picó la garganta, como si tuviera migas atascadas. Leo dejó la piedra en el suelo y se sentó en un banco, mirando sus zapatillas.

Pasaron días. Leo seguía en el banco. El patio sonaba a carreras, pero él estaba quieto, como una hoja pegada al suelo. A veces miraba hacia las piedras y luego bajaba la vista. “No pasa nada”, se decía, aunque notaba un nudo, pequeño y fuerte. Cuando la profe silbaba el final del recreo, Leo se levantaba despacio, con la palabra “raro” caminándole por dentro.

Una tarde, alguien se sentó a su lado. Era Vega. No dijo nada durante un rato. Leo tampoco. El silencio sonaba como cuando te escondes. Al final, Vega preguntó: “¿Qué miras?”. Leo encogió los hombros. “Nada.” Vega señaló el suelo: “Yo antes miraba las hormigas. ¿Tú también?”. Leo la miró por primera vez y asintió muy despacio.

Vega se balanceó con los pies y susurró: “En mi cole antiguo también me llamaban rara”. Leo abrió mucho los ojos. “¿Y qué hiciste?”, preguntó. Vega se encogió de hombros. “Nada… pero ahora tengo una amiga hormiga que vive debajo de la fuente. ¿Quieres verla?” Leo dudó. La piedra en el bolsillo volvió a moverse. Tragó saliva. “Vale”, dijo, y se levantó.

Fueron juntos hasta la fuente. Vega se agachó y levantó una hoja húmeda. Había hormigas normales, ni más grandes ni más listas. Pero caminaban, y eso bastaba. Leo soltó una risa pequeña. “Hola, amiga”, dijo bajito. Vega sonrió. Leo notó que el nudo se aflojaba un poco. Volvió a mirar el suelo con ganas. La palabra “raro” seguía ahí, pero ya no mandaba tanto.









