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Leo y la merienda perdida

Leo sacó un libro muy viejo de la estantería de su cuarto. Lo abrió y, de un salto, apareció en el Bosque de los Cuentos. Allí encontró a Caperucita Roja buscando entre las hojas.
—¡He perdido la cesta de la abuela!
Leo decidió ayudarla.

Robin Hood se acercó con su arco.
—Yo también os ayudo. Tengo buena puntería.
Los tres avanzaron juntos por el sendero. Leo descubrió unas migas de pan y huellas pequeñitas.
—¡La merienda se ha ido de paseo!
Caperucita Roja soltó una risita y siguió las pistas.

Un arroyo cortaba el camino. Sobre él había un tronco. Leo lo cruzó despacio, con ayuda de sus amigos. Después caminaron juntos hasta unas zarzas. Una cinta roja colgaba de una rama.
—¡Es de mi cesta!
Detrás sonó un crujido: CRAC. Leo se asomó.

Una ardilla mordisqueaba una galleta junto a la cesta. Leo le ofreció cambiarla por nueces. La ardilla olisqueó su mano vacía.
—Vale, primero las nueces.
Robin Hood apuntó a una rama alejada de la ardilla. Su flecha soltó varias nueces. Caperucita Roja recogió un puñado.

La ardilla aceptó el cambio. De regreso, Leo llevaba la cesta. Pero, en mitad del tronco, esta se enganchó y empezó a inclinarse hacia el agua.
—¡Sujetadme bien!
Sus amigos le dieron la mano. Leo se agachó, soltó el asa y abrazó la cesta. Después cruzaron juntos.

En casa de la abuela merendaron los cuatro.
—La ardilla ha probado las galletas primero.
La abuela se rio y sirvió más. Robin Hood regaló a Leo una pluma de su flecha. Leo dio un salto y volvió a su cuarto. Guardó la pluma junto al libro.









