
cuentosIA
El enigma del faro de Punta Gaviota

El viejo faro llevaba años apagado, terco como una puerta oxidada. Aquella noche, mientras el pueblo olía a sal y verano, parpadeó tres veces.
Teo dejó caer su bocadillo de tortilla.
—Buen inicio: ya hemos perdido la cena y encontrado un misterio.

Al amanecer, Teo y Sofi subieron hasta la sala del faro. Entre polvo y olor a metal hallaron un cuaderno de bitácora con varias páginas arrancadas.
Teo lo abrió con cuidado.
—Si alguien arrancó esto, quería esconder algo.
Entonces vieron arena húmeda en la escalera.

Siguieron las pisadas hasta la casa de la farera jubilada, que regaba macetas mirando al mar. No pareció sorprendida.
—Tres guiños no siempre saludan; a veces cuentan.
Sofi arqueó una ceja.
—Genial. Un acertijo antes de desayunar: mi cerebro protesta.

La farera les entregó una tira de papel con puntos y rayas. Teo comparó el código con los destellos escritos en el cuaderno.
—No marca barcos. Marca noches.
Esa tarde bajaron a la cala. Desde allí, el faro parecía otra cosa: un ojo calculando secretos.

Cuando oscureció, Teo contó los destellos: corto, corto, largo. Sofi anotaba, aunque el viento intentaba robarle el lápiz.
—Como detective, prefiero pistas que no salgan volando.
Entonces distinguieron huellas en la arena, delicadas y firmes, avanzando hacia la duna.

Las tortugas regresaban a anidar. Alguien usaba el faro para avisar sin llenar la playa de ruido. Teo sintió que el misterio encajaba de golpe.
Con Sofi, recogió cuerdas olvidadas, apartó linternas y marcó un paso tranquilo.
—Ahora investigamos protegiendo.

Al amanecer, la cala guardaba pequeños montículos intactos. La farera sonrió desde el sendero, sin explicar más de lo necesario.
Teo cerró el cuaderno con las nuevas notas. Sofi le dio un codazo suave.
—Detectives de tortugas. Suena raro, pero bastante épico.









