
cuentosIA
Emma en Madrid

Un martes cualquiera, Emmiusca cruzó la Plaza Mayor mientras pensaba cómo sería su vida de mayor. ¿Astrónoma? Tropezó suavemente con una baldosa, recuperó el equilibrio y saludó al suelo.
—Gracias por el ensayo, pero todavía no pienso viajar a Marte.
La plaza olía a mañana recién estrenada.

Emmiusca continuó hasta Puerta del Sol. Bajo el reloj, imaginó ser inventora y diseñar paraguas que jamás se volvieran del revés. Justo entonces, una ráfaga convirtió el suyo en una escultura torcida.
—Primer prototipo: elegante, inútil y muy ventilado.
Lo cerró entre risas y siguió caminando.

En El Retiro, Emmiusca se sentó junto al estanque. Ahora se vio como escritora, llenando libros de aventuras. Abrió su cuaderno; el viento pasó las páginas tan deprisa que parecía leer con muchísima prisa.
—Vale, crítico misterioso: ¿al menos te gusta el título?
No hubo respuesta. Exigente, el viento.

Mientras bordeaba los caminos, Emmiusca imaginó profesiones: arquitecta de bancos cómodos, catadora de meriendas, exploradora de senderos que acababan, misteriosamente, en el mismo quiosco.
Luego guardó el cuaderno.
—Quizá no tenga que elegirlo todo hoy, pensó.
Ayudó a recoger un papel arrastrado por el aire.

Al regresar hacia Sol, una idea brillante le hizo cosquillas: no necesitaba adivinar una única Emmiusca futura. Podía aprender, probar y cambiar. Hasta su paraguas torcido parecía asentir, aunque quizá era otra ráfaga.
—Seré muchas cosas, pero procuraré ser amable en todas.
Y aquella promesa sí encajó perfectamente.

Ya de vuelta en la Plaza Mayor, Emmiusca anotó tres planes: observar el cielo, escribir historias y arreglar paraguas rebeldes. Debajo añadió uno más: cuidar cada lugar que recorriera.
Luego miró su lista.
—Mi futuro está bastante ocupado.
Doblando el papel, volvió a casa con una sonrisa.






