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El Rey Arturo y la espada en la piedra

Cuando el viejo rey murió sin heredero, el reino entero quedó en vilo. A la mañana siguiente apareció, en la plaza del castillo, una piedra enorme con una espada clavada.
La inscripción decía: —Quien la saque será el verdadero rey. Y nadie se atrevió a reír.

Pronto llegaron caballeros de todos los rincones. Tiraban, resoplaban, apretaban los dientes. Uno gruñó tanto que un gorrión salió volando del susto; otro resbaló y casi se sentó de golpe.
Pero la espada ni tembló. Arturo, entre la gente, abrió mucho los ojos.

Ese mismo día, Arturo acompañó a su hermano mayor al torneo. Ya en las puertas, el muchacho palideció.
—He olvidado mi espada en casa, masculló.
Arturo echó a correr antes de pensarlo. Como siempre, pensó, siempre se le olvida algo importante.

Al cruzar la plaza, Arturo vio de nuevo la espada brillante. Miró a un lado, luego al otro. —Bueno… le llevaré esta, se dijo, casi riéndose de su propia idea.
Agarró la empuñadura y tiró suavemente. La hoja salió sin esfuerzo, como de mantequilla.

El murmullo de la plaza se volvió un silencio redondo. Arturo sostuvo la espada en alto, sin entender nada. Los caballeros se quedaron boquiabiertos.
Entonces Merlín avanzó entre la multitud y dijo:
—No hace falta ser el más fuerte, Arturo, sino el más valiente y bondadoso.

Aquel niño curioso fue coronado rey, y Arturo prometió escuchar antes de mandar, y ayudar antes de juzgar. El reino respiró tranquilo.
Con el tiempo vivió grandes aventuras junto a sus caballeros de la Mesa Redonda. Cuando dudaba, rozaba la empuñadura y recordaba aquel día sencillo.









