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La leyenda del Camino de Santiago: Pelayo y las luces del bosque

Hace muchísimos años, en un rincón verde de Galicia, Pelayo vivía junto al bosque de Libredón. Cuidaba su huerto, recogía agua y escuchaba el viento.
Una tarde, al espantar gallinas curiosas, murmuró:
—Si seguís picoteando mis berzas, os nombro ayudantes oficiales.

Aquella noche, Pelayo salió a rezar bajo un cielo limpio como una fuente. Entonces vio luces sobre el bosque. No temblaban como luciérnagas ni corrían como antorchas.
Se quedaron quietas, reunidas, brillando sobre los árboles.
Pelayo abrió mucho los ojos y olvidó hasta respirar.

La noche siguiente volvió a mirar. Y la siguiente también. Las luces aparecían siempre en el mismo lugar, puntuales como vecinos educados.
—Vale, ya entiendo: queréis que vaya yo, no que os mire desde casa, dijo, preparando su zurrón con pan y queso.

Al amanecer, Pelayo se internó entre robles, helechos y piedras resbaladizas. El bosque olía a lluvia antigua.
Un mirlo saltó delante de él, muy serio, como si vigilara el sendero.
—No te preocupes, amigo, traigo permiso de mis gallinas, bromeó, avanzando.

El sendero se volvió estrecho. Pelayo apartó zarzas, cruzó un arroyo con un salto poco elegante y aterrizó sentado entre hojas.
SPLASH.
Se rió solo, sacudiéndose el barro.
—Si esto es una señal, es bastante húmeda.
Luego siguió hacia el brillo escondido.

Por fin llegó a un claro silencioso. La tierra parecía guardar un secreto bajo raíces y maleza. Pelayo retiró ramas con cuidado, piedra tras piedra, hasta descubrir un sepulcro antiguo.
El aire se quedó quieto.
Pelayo apoyó la mano sobre la piedra y susurró una oración.

Con el corazón golpeándole las costillas, Pelayo corrió hasta la villa para avisar al obispo Teodomiro. Llegó sin aliento, señalando el bosque.
—Señor, he encontrado algo que no cabe en mi cabeza.
Teodomiro tomó su capa.
—Entonces iremos juntos.

Teodomiro examinó el sepulcro con respeto. Las luces, suaves, parecían acompañarles desde lo alto. Tras un largo silencio, el obispo habló:
—La tradición dice que aquí descansa Santiago.
Pelayo sintió que el bosque entero respiraba con ellos, como una campana sin sonido.

La noticia viajó por caminos y montes hasta el rey Alfonso, que mandó levantar una iglesia. Con el tiempo, aquel lugar se llamó Santiago de Compostela.
Pelayo volvió a su huerto, mirando el cielo cada noche.
—Gallinas, preparaos: ahora pasa mucha gente, dijo sonriendo.






