
cuentosIA
La princesa bromista y el príncipe encantador
De quien más te quiere en el mundo 💕

En el palacio de Jade, Xiu Ying tenía un talento peligroso: convertir cualquier ceremonia solemne en una carcajada elegante. Una mañana escondió campanillas dentro del cojín del ministro de mapas. Cada vez que él se sentaba, sonaba clin, clin, y todos miraban al techo con gran dignidad.
Sasha, que leía detrás de una columna, soltó una risita.
—Alteza, eso ha sido historia del reino. Historia con campanas.

Aquella tarde llegó una carta con sello imperial. La reina la leyó sin parpadear, cosa que en palacio significaba noticia enorme.
—Mañana recibiremos al príncipe Feiyu. Viene como huésped… y como prometido de Xiu Ying.
Xiu Ying dejó caer una ciruela confitada dentro de su taza. Plop.
—¿Prometido? ¿No podía empezar como vecino simpático?
Sasha cerró su libro despacio.
—Según mis lecturas, los prometidos suelen traer problemas. O flores. A veces ambas cosas.

Feiyu apareció al día siguiente con una puntualidad que hizo sentirse tarde incluso al reloj del vestíbulo. Saludó a todos con cortesía impecable, ganó al maestro de esgrima en tres movimientos y resolvió un acertijo que llevaba años molestando a los consejeros.
Xiu Ying lo observó desde la escalera.
—Es demasiado perfecto. Sospechoso.
—Tal vez estornude raro. Nadie es perfecto después de estornudar.
Feiyu no estornudó. Peor aún: sonrió con amabilidad.

Para conocerlo mejor, Xiu Ying preparó una broma inofensiva: cambió las etiquetas del banquete. El caldo de loto decía “dragón filosófico”; los pastelillos, “rocas de nube”. Los invitados rieron con educación.
Feiyu leyó su tarjeta, muy serio.
—Mi plato se llama “sorpresa con guisantes”. ¿Debo preocuparme?
—Solo si los guisantes organizan una revuelta.
Él asintió, probó un bocado y dijo:
—La revuelta está bien sazonada.

Durante los días siguientes, Feiyu impresionó al palacio entero. Tocó el laúd sin equivocarse, ordenó los archivos por dinastía y ayudó a reparar una fuente que siempre escupía agua al mayordomo.
Xiu Ying empezó a sentirse torpe junto a tanta perfección. Guardó sus campanillas, sus tintas invisibles y una rana de madera que hacía croac al abrir un cajón.
—¿Estás enferma?
—No. Estoy siendo admirable.
—Ah. Suena grave.

Xiu Ying decidió practicar una versión nueva de sí misma. Caminaba despacio, hablaba poco y asentía como si cada jarrón contuviera una lección profunda. En la biblioteca, Feiyu la encontró leyendo un tratado sobre normas de protocolo.
—¿Te interesa la ceremonia de los abanicos?
—Muchísimo. Sobre todo la parte de no golpear a nadie con el abanico por accidente.
Feiyu sonrió apenas.
—Eso no aparece en el tratado, pero debería.

El cambio tuvo consecuencias rarísimas. Sin bromas, los pasillos parecían más largos, el desayuno más serio y el ministro de mapas se sentaba con demasiada confianza. Hasta la fuente dejó de salpicar, quizá aburrida.
Sasha siguió a Xiu Ying por el jardín con un libro bajo el brazo.
—He investigado. Cuando alguien deja de reír, las estatuas empiezan a opinar.
—Eso es imposible.
En ese momento, una paloma se posó sobre una estatua. Pareció asentir.

Feiyu notó el silencio antes que nadie. Esa noche, durante el ensayo del baile de compromiso, Xiu Ying giró con precisión, respondió con cortesía y no hizo ni una sola mueca cuando el músico tocó una nota torcida.
Feiyu la acompañó hasta una terraza tranquila.
—¿Te he ofendido?
—No. Solo intento gustarte más.
Él miró las luces del patio.
—Qué curioso. Yo estaba empezando a echar de menos a la Xiu Ying que gustaba ya.

Xiu Ying no supo contestar enseguida. El viento movía las lámparas, y por una vez el silencio no parecía castigo, sino espera.
—Pensé que preferías a alguien más… impecable.
Feiyu soltó una risa breve, sorprendida.
—Soy serio porque me enseñaron a no molestar. Pero tú conviertes el palacio en un sitio donde la gente respira mejor.
Xiu Ying bajó la mirada, con una sonrisa pequeñísima.
—Entonces he encerrado mis campanillas sin juicio justo.

A la mañana siguiente, Xiu Ying recuperó el cofre de bromas con solemnidad real. Sasha asistió como testigo, comiendo una pera.
—Declaro libres a las campanillas por buen comportamiento.
Prepararon una sorpresa para Feiyu: no una burla, sino una carrera de acertijos por el palacio. Cada pista tenía una rima absurda. La última decía: “Si buscas al príncipe serio, mira donde el té lleva sombrero”.
Feiyu encontró una tetera con corona de papel.
—Por fin, una soberana razonable.

El día de la boda, Xiu Ying prometió querer a Feiyu con paciencia, valentía y una reserva moderada de bromas. Feiyu prometió reír antes de revisar el reglamento, siempre que fuera posible.
Cuando intercambiaron coronas, Sasha abrió el libro ceremonial. De entre las páginas saltó una campanilla. Clin.
Todos contuvieron el aliento.
Feiyu levantó la mano con seriedad perfecta.
—Como príncipe, apruebo este sonido.
El salón estalló en aplausos y risas.

Desde entonces, el palacio de Jade siguió siendo cortés, pero nunca volvió a ser aburrido. Feiyu enseñó a Xiu Ying a lanzar flechas al centro de una diana; ella le enseñó a esconder una galleta bajo una servilleta sin perder dignidad.
Sasha escribió una crónica titulada “La reina de las campanillas y el príncipe que casi era demasiado serio”.
Al leerla, Feiyu carraspeó.
—El “casi” es importante.
Xiu Ying le guiñó un ojo. Y sonó clin.






