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Leo y la casa que no conoce
Con todo el amor de mamá y papá ✨

Cuando Leo llegó a la nueva casa, el aire olía a pintura y a cajas cerradas. Las paredes estaban desnudas, como si les faltaran palabras. Su habitación era más pequeña. Leo apretó los labios. Echaba de menos su parque, a Nico y la tienda de chuches de la esquina. En su barriga, una tormenta daba vueltas. “No me gusta”, murmuró.

El primer día, Leo no quiso salir de su cuarto. Se sentó en el suelo y escuchó ruidos desconocidos: una puerta que chirriaba, pasos en el pasillo, un ascensor que subía. Mamá asomó la cabeza. “Estoy aquí, ¿vale?” Leo miró la pared vacía. “Quiero mi casa”, dijo. Mamá respiró hondo y se sentó cerca, sin obligarle.

Al segundo día, Leo se acercó a la ventana. Afuera, el patio parecía de otra película. Entonces lo vio: un gato naranja, muy quieto, sentado en una tapia. Leo se quedó mirándolo, con el corazón haciendo “toc, toc”. El gato parpadeó despacio, como si supiera un secreto. Leo no sonrió, pero la tormenta de su barriga bajó un poquito.

Al día siguiente, el gato volvió. Y al siguiente también. Leo empezó a esperar ese momento sin decirlo. Contaba: uno, dos, tres parpadeos. “Hoy has venido”, susurraba. Algunas tardes la tapia estaba vacía y a Leo le subía un nudo a la garganta. Se quedaba quieto, pegado al cristal, hasta que oía a mamá: “Leo, la cena”. Entonces se iba, lento.

Una mañana, Leo encontró su mochila y la apartó con el pie. Se asomó al pasillo. Todo olía a jabón y a escalera. Bajó despacio, con cada escalón como un “¿y si…?”. En el portal, el gato naranja estaba allí, como si le hubiese estado esperando. Leo se agachó y alargó la mano. El gato olió sus dedos. Luego se fue, sin prisa.

Leo subió otra vez, con la mano oliendo a polvo y a gato. “No me ha querido”, dijo, y le tembló un poco la voz. Mamá se agachó a su altura. “A veces los amigos van despacito”, respondió. Al día siguiente, el gato volvió al portal. Leo respiró más fuerte. Esta vez no se fue tan rápido. Leo pensó un nombre y le salió solo: “Galleta”.

Los días siguieron siendo raros. Leo aún buscaba a Nico en cada columpio imaginado. A veces se enfadaba por cualquier cosa: una cuchara, una caja, un calcetín perdido. Pero cuando Galleta aparecía, Leo notaba un sol pequeño en el pecho. Empezó a guardar una tapita con agua. “Solo por si acaso”, se decía. El gato bebía y luego miraba a Leo, serio.

Una tarde, Leo salió con la tapita en la mano y se encontró a un niño del edificio. “Hola”, dijo el niño. “¿Tú también le das de comer al gato naranja?” Leo apretó la tapita. “No… yo solo lo miro”, contestó. El niño se rió un poco. “Yo le dejo agua. Se llama Capitán.” Leo se quedó pensando. “Yo le llamo Galleta.” Y los dos se rieron.

Se llamaba Dani. Bajaron juntos otra vez al día siguiente. Leo hablaba poco, pero escuchaba. Dani señalaba cosas: “Ahí vive la señora del tercero, la que canta”. Leo miró arriba, dudando. “¿Y si se ríen de mí?”, preguntó. Dani encogió los hombros. “Si te ríes tú primero, ya está.” Leo lo intentó y le salió una risa pequeña, como una burbuja.

Una tarde de viento, Leo bajó corriendo porque oyó un maullido fuerte. Galleta estaba cerca de la puerta del portal, mirando una bolsa de basura abierta. Dentro había un bote que olía fatal. Leo se paró, con miedo y asco mezclados. Dani llegó detrás. “No lo cojas tú”, dijo. Buscó un palo y empujó el bote lejos. Leo puso la tapita con agua en un rincón seguro. El maullido se calmó.

Esa noche, Leo se acordó de su antiguo parque y le picaron los ojos. “Sigo triste”, confesó. Mamá le pasó una mano por el pelo. “Claro. La tristeza tarda.” Leo se quedó pensando, como si ordenara juguetes por dentro. Al día siguiente, escribió con letras grandes en un papel: GALLETA. Lo pegó en una cajita para el agua. Cuando Dani lo vio, dijo: “Capitán también puede tener apodo.” Leo se encogió de hombros, orgulloso.

Pasaron más días. La casa ya no olía tanto a pintura. En la pared del salón apareció un dibujo de Leo y, al lado, otro de Dani. Un sábado, bajaron al patio con una pelota. Galleta se acercó, dio una vuelta y se tumbó cerca, como quien dice: “Estoy.” Leo miró la tapia y luego a Dani. “Echo de menos muchas cosas”, dijo. Dani chutó suave. “Y aquí también hay algunas.” Leo sintió el solcito en el pecho, un poco más grande.











