
cuentosIA
Las mariposas de Mia

La noche antes del primer día de cole, Mia dejó la mochila junto a la cama. Dentro guardó su lápiz favorito y una libreta que olía a papel nuevo.
En la tripa notaba mariposas pequeñas. No dolían. Solo revoloteaban, como si también quisieran ir al cole.

Mamá se sentó a su lado y le apartó la manta con cuidado. Mia miró la mochila otra vez.
—Tengo ganas, pero también un poquito de nervios, dijo bajito.
—Eso pasa cuando algo importante empieza, respondió mamá. Mia cerró los ojos despacio.

Por la mañana, la casa olía a tostadas. Mia desayunó despacio y tocó el lápiz dentro de la mochila, para comprobar que seguía allí.
Camino del cole, las calles parecían más claras. Mia apretó la mano de mamá y escuchó sus pasos tranquilos.

En la puerta del cole había voces suaves y mochilas nuevas. Mia se quedó muy quieta.
Mamá le dio un beso en la palma de la mano y la cerró con ternura.
—Guárdalo en el bolsillo. Si lo necesitas, estará contigo.
Mia asintió.

Dentro, la profesora sonrió y señaló una mesa con ceras de muchos colores. Mia metió la mano en el bolsillo y notó el beso guardado.
Una niña se acercó con una hoja.
—¿Compartimos las ceras?
—Vale, respondió Mia, un poco más tranquila.

Mia eligió el amarillo y pintó un sol grande. Después dejó el rojo a la niña y las dos llenaron la hoja de caminos.
Las mariposas de la tripa fueron posándose una a una. Mia respiró hondo. El cole ya sonaba menos nuevo.

Al salir, Mia vio a mamá y corrió hacia ella con la mochila saltando a su espalda.
—He usado el beso solo un poquito, contó.
Mamá sonrió y abrió los brazos. Mia guardó el lápiz con cuidado.
—Mañana quiero volver, dijo feliz.






