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Lara y la abuela que se olvida

Los domingos, Lara iba a casa de la abuela Carmen. Antes olía a colonia suave y a galletas, y la abuela le hacía trenzas mientras tarareaba. Pero desde hace unos meses todo era distinto. A veces la abuela decía “Lucía” y Lara miraba a mamá, sin entender. Otras veces se quedaba muy quieta, como si por la ventana se escapara un trocito de ella.

Un domingo, Lara enseñó un dibujo con un sol enorme. La abuela Carmen sonrió, pero preguntó despacio: “Qué bonito… ¿y tú quién eres?” A Lara se le hizo un nudo en la garganta, como si le hubieran cerrado una cremallera por dentro. Salió al pasillo y susurró a mamá: “La abuela no sabe quién soy”. Su voz temblaba.

Mamá se agachó para estar a su altura. “La abuela tiene una enfermedad”, explicó. “Le borra recuerdos, como si alguien pasara una goma por dentro de la cabeza.” Lara apretó los puños. “¿Se va a olvidar de todo?” “Poco a poco”, dijo mamá. A Lara le subió una tormenta al pecho: “¡No es justo!”

Esa semana, Lara pensó mucho. En el cole dibujó trenzas, bancos de parque, una taza humeante. En casa buscó fotos en una caja y pidió a mamá que le contara historias de cuando la abuela cantaba. A veces Lara lloraba un poco, y otras se enfadaba. Pero el domingo preparó una bolsa. “Voy a llevarle un puente”, dijo.

Al domingo siguiente, Lara se sentó junto a la abuela Carmen y sacó la primera foto. “Mira, esta eres tú haciéndome trenzas.” La abuela la miró largo rato y acarició la imagen con el dedo, como si leyera un secreto. Lara sacó otra: “Aquí estamos en el parque.” “Qué niña más guapa”, murmuró la abuela. “Soy yo, abuela. Soy Lara.”

La abuela Carmen levantó la mano y tocó la mejilla de Lara con cuidado. “Lara…”, dijo, como probando la palabra. A Lara le entró un calorcito tímido, mezclado con pena: sabía que quizá mañana se borraría. Aun así, respiró hondo. “Hoy estoy aquí”, pensó. Cerró la bolsa despacio. “Volveré el próximo domingo”, prometió Lara. Y la abuela sonrió, sin prisa.









