
cuentosIA
Lara no quiere ir al cole

Desde hacía dos semanas, la tripa de Lara se quejaba cada mañana, como si tuviera una nube gris dentro. En la mesa del desayuno, el vaso de leche olía igual, pero a Lara le costaba tragar. Mamá la llevó al médico y allí dijeron: “No hay nada malo”. Lara asintió, pero por dentro la nube seguía. El camino al cole se le hacía larguísimo.

El lunes, al llegar a la puerta del cole, Lara notó un nudo en la garganta. Se agarró a la pierna de mamá y rompió a llorar. “Lara, mírame… ¿qué pasa de verdad?”, preguntó mamá, agachándose. Lara apretó los labios. El timbre sonó y el patio se llenó de voces. “No puedo”, susurró Lara, y la tripa hizo un vuelco.

Esa noche, en casa, mamá se tumbó con Lara. La manta pesaba justo lo necesario, como un abrazo quieto. “No tienes que contármelo ahora”, dijo mamá, despacio. “Pero cuando quieras, yo estoy aquí.” Lara miró al techo un rato, contando respiraciones. Luego soltó, muy bajito: “Paula me esconde la mochila… y se ríe con las demás.”

Mamá no frunció el ceño ni dijo “eso es una tontería”. Solo acercó la cara y respondió: “Eso tiene que doler mucho”. Lara asintió, con los ojos húmedos. “¿Quieres que hable con tu profe?”, preguntó mamá. “No”, dijo Lara, rápido. “Será peor.” Mamá pensó un momento: “¿Y si yo hablo con la profe y ella habla con la clase, sin señalar a nadie?”

Al día siguiente, Lara caminó hacia el cole como si llevara una piedra en el bolsillo. En clase, la profesora dijo: “Hoy vamos a hablar de cosas pequeñas que pinchan”. Repartió papeles con caritas y preguntó: “¿Cómo te sientes si alguien te esconde algo? ¿Y si se ríen?”. Lara apretó el lápiz. Paula se quedó callada. Nadie dijo nombres, pero el aire cambió.

A la salida, Lara buscó su mochila con miedo, como quien mete la mano en una caja sin ver. Allí estaba, donde la había dejado. Se quedó quieta, sorprendida. Paula pasó cerca, mirando al suelo, y siguió de largo. Nadie se rió. Lara notó que la tripa todavía estaba sensible, pero la nube ya no tapaba todo el cielo. “Mamá”, dijo, “hoy he respirado mejor.”

Esa noche, Lara se lavó los dientes sin prisas. En el espejo, se vio más alta por dentro. Se metió en la cama y mamá le preguntó: “¿Cómo está tu tripa?”. Lara pensó y dijo: “Como un mar con menos olas”. Mamá sonrió. Lara añadió: “Contarlo no fue chivarse. Fue cuidarme”. Luego guardó su mochila preparada para mañana, y el nudo de la garganta se aflojó un poco.









