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La gran aventura de Mathias: el tesoro de la amistad

En un pueblo rodeado de montañas, Mathias y Samuel buscaban caminos nuevos cada tarde. Ese lunes, bajo una maceta, apareció un mapa manchado de tierra. Samuel lo levantó al revés.
—¡Mira, el tesoro está haciendo pino!
Mathias rió y corrió por las mochilas.

Guardaron galletas, agua, una linterna y dos calcetines porque Samuel dijo que daban suerte. Mathias miró el mapa y señaló el Bosque Encantado.
—Iremos juntos, despacio y atentos.
Samuel asintió muy serio, aunque llevaba una galleta pegada en la mejilla como medalla.

Al entrar al bosque, las hojas sonaron como papelitos de fiesta. De pronto, una risa saltó detrás de un tronco. Era Tanos, que se enredó en una rama.
—Buscan el tesoro, ¿verdad? Primero pasen mis desafíos.
Mathias tomó la mano de Samuel.

El primer desafío fue un río cantarín. Mathias juntó ramas, Samuel eligió las más firmes, y entre los dos hicieron un puente. Ploc, cayó una hoja sobre la nariz de Mathias.
—¡El bosque me saluda!
Luego siguieron mariposas azules por un laberinto suave y perfumado.

Al centro del laberinto brillaba un cofre pequeño. Tanos apareció detrás, menos burlón y más curioso. Mathias abrió la tapa; dentro había piedras luminosas y una nota.
—El verdadero tesoro es la valentía y la amistad.
Samuel abrazó a Mathias.
—Entonces somos ricos.

De regreso, Tanos los acompañó hasta el sendero y prometió inventar desafíos más amables. En casa, Mathias y Samuel contaron todo a otros niños.
—La aventura crece cuando la compartes.
Samuel mostró su galleta viajera, ya sin mejilla, y todos rieron soñando nuevos mapas.






