
cuentosIA
La fiesta de cumpleaños más mágica del mundo

Pablo cumplía siete años y casi iba dando saltos hasta el jardín donde esperaba su fiesta. Había globos, mesas, limonada y una tarta enorme. Pero, al acercarse a la mesa de los regalos, se quedó clavado.
Estaba vacía.
Pablo tragó saliva y notó un cosquilleo raro en la barriga. Entonces vio un sobre bajo una servilleta. Lo abrió con manos temblorosas y leyó una pista que terminaba así: —Si quieres tus regalos, sigue las huellas de tu gran día.

Pablo respiró hondo. Iba a enfadarse, pero prefirió pensar. Sobre la nota había un dibujo de un columpio. Sin perder tiempo, echó a correr hacia el parque del barrio. Allí encontró otra pista atada con una cinta al asiento.
Al leerla, sonó una bicicleta detrás de él. Eran dos amigos que venían a la fiesta. Pablo les contó lo ocurrido y los tres decidieron seguir juntos. —Vale, esto ya parece una búsqueda del tesoro de verdad, dijo, medio nervioso, medio contento.

La segunda pista los llevó a la panadería, donde el aire olía a bollos recién hechos. El panadero sonrió al verlos entrar tan deprisa y les señaló una caja de magdalenas. Dentro había otra nota y un puñado de confeti.
—¿Y si los regalos están repartidos por todo el barrio? preguntó.
Nadie lo sabía. Aun así, siguieron. Cruzaron la plaza, esquivaron palomas y, al lado de la fuente, encontraron una flecha dibujada con tiza apuntando hacia la biblioteca.

En la biblioteca reinaba un silencio de algodón. Pablo avanzó despacio entre estanterías hasta hallar un libro de adivinanzas con un marcapáginas brillante. La nueva pista decía que buscasen donde los veranos empiezan.
—¡La heladería! susurró, y salió disparado.
Pero al llegar, no encontraron nada. Solo servilletas agitadas por el viento y una campanilla que hizo TIN TIN. Pablo apretó los labios. Por primera vez pensó que quizá no recuperaría nada antes de que empezara la fiesta.

Entonces uno de sus amigos señaló el suelo. Bajo una mesa de la heladería asomaba una cuerda de colores. Pablo tiró de ella y apareció un pequeño carrito de madera. Encima llevaba la última nota.
—El tesoro está donde empezó el día.
Pablo echó a correr de vuelta al jardín, con el corazón haciendo PUM PUM. Al abrir la puerta, se quedó boquiabierto: los regalos estaban allí, formando un círculo alrededor de la tarta. Todos sus amigos salieron de detrás de los arbustos entre risas.

Pablo tardó un segundo en entenderlo todo. No habían querido esconderle su cumpleaños, sino convertirlo en una aventura. Miró los paquetes, luego a sus amigos jadeando y con las zapatillas llenas de polvo, y se echó a reír.
—Los regalos molan, pero lo mejor ha sido buscaros por todo el barrio, dijo.
Después repartió la tarta él mismo, guardó la primera nota en su bolsillo y pensó que aquel papel arrugado era, quizá, el recuerdo más valioso de los siete años.






