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Emma y el hada de chupetes

Emmita llevaba a Chupi a todas partes. Chupi iba al parque, al sofá y a la cama. Cuando Emmita lo chupaba, el pecho se le ponía tranquilo, como un sol pequeñito. Una tarde, mamá se sentó con ella y dijo: “¿Sabes que existe el Hada de los Chupetes?”. Emmita paró en seco. Apretó a Chupi en la mano.

Mamá habló despacito: “El hada recoge los chupetes de los niños mayores. Se los lleva a bebés que los necesitan”. Emmita negó con la cabeza. “No. Chupi es mío”. Le subió un nudo a la garganta, como un lazo apretado. Mamá no discutió. “Vale, Emmita. Lo pensamos juntas”. Emmita se fue a su rincón y miró a Chupi muy seria.

Al día siguiente, Emmita vio a un bebé en el parque, llorando en el carrito. Emmita se quedó quieta. Pensó: “Quizá mi Chupi podría ayudar”. Pero, de golpe, le entraron mariposas en la barriga. “Mamá… ¿y si por la noche me asusto?”. Mamá le tocó la mejilla. “Tener miedo no es malo. Buscamos un plan, ¿sí?”. Emmita asintió despacio.

Esa tarde, Emmita buscó una cajita. La forró con papel bonito y pegó una estrella. Dentro puso a Chupi, con cuidado, como si fuera un tesoro. “No te enfades conmigo”, susurró. Luego dejó la cajita en la ventana. El aire olía a noche. Emmita miró la oscuridad del pasillo y tragó saliva. “Mamá, ven conmigo un ratito”. Mamá le dio la mano.

Por la mañana, Emmita corrió a la ventana. La cajita estaba abierta. Chupi ya no estaba. En su lugar había una carta y un paquetito. Emmita la leyó con mamá: “Gracias, Emmita. Hoy un bebé dormirá más tranquilo”. Emmita tocó el regalo, pero los ojos se le mojaron. “Lo echo de menos”. Mamá la abrazó. “Claro que sí. Era importante para ti”.

Esa noche, la cama parecía más grande. Emmita buscó a Chupi con la mano y no lo encontró. El silencio hizo “¡plof!” en su barriga. Emmita apretó su peluche contra la cara. “Hola, necesito ayuda”, le dijo al peluche. Mamá volvió un momento. “¿Quieres respirar conmigo?”. Emmita respiró despacio. Costó, pero se durmió, con un hilito de tristeza y calor.

A la segunda noche, Emmita también lo echó de menos, pero ya sabía el camino: peluche, respiración, mano en el corazón. A la tercera, se acordó de Chupi solo un poquito, como cuando una nube pasa y el sol vuelve. Por la mañana, Emmita pegó la carta del hada en la pared. “Chupi está ayudando”, dijo. Y, aunque crecía por dentro, Emmita seguía siendo Emmita.









