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El monstruo que se comía los miedos

Por la noche, la habitación de Alex parecía distinta. La lámpara apagada dejaba rincones callados, y su miedo a la oscuridad crecía como una nube dentro del pecho. Entonces, bajo la cama, sonó un estornudo suave. Alex se asomó. Allí estaba un ser redondo y amable. “Hola”, dijo. “Soy Comemiedos. No vengo a asustarte. Vengo a cenarme esos miedos que te pesan tanto.”

Alex tragó saliva. “No me gusta cuando todo se queda negro.” Comemiedos movió las orejitas. “Lo sé. Pero mira: no hace falta ser valiente de golpe.” Alex alargó la mano y encendió una linterna pequeña. Después abrió un poco la puerta del pasillo. Entró una raya de luz. Comemiedos dio un mordisquito al aire. “Ñam. ¿Ves? Tu miedo ya ocupa menos sitio.”

A la mañana siguiente, Alex llevó a Comemiedos escondido en la mochila. En clase, la seño pidió voluntarios para leer en voz alta. A Alex se le hizo un nudo en la garganta, como si tuviera una cuerda apretada por dentro. “Ahora no puedo”, susurró. Desde la mochila, Comemiedos dijo bajito: “Prueba una frase. Solo una.” Alex levantó la mano, temblando un poco.

La primera palabra salió pequeña, casi como un suspiro. La segunda sonó mejor. Cuando terminó la frase, la clase guardó silencio un instante, y luego la seño sonrió. “Muy bien, Alex.” Él notó un calorcito en el pecho, como un sol encendiéndose despacio. Desde la mochila llegó otro “ñam”. Comemiedos guiñó un ojo. “Los miedos no se van solos. Se encogen cuando los miras de frente.”

Esa tarde, en casa, el padre de Alex preparó un plato nuevo. Olía raro, con especias y verduras que Alex nunca probaba. “No me va a gustar”, dijo, apartando la cuchara. Comemiedos apareció entre los cojines. “A veces el miedo se disfraza de ‘no quiero’.” Alex frunció la nariz, pensó un momento y probó una cucharadita. Masticó despacio. “Pues… está rico.” Ñam.

Aquella noche, Comemiedos parecía más pequeñito, como si ya hubiera cenado bastante. Se sentó junto a Alex y movió la campanilla del cuello. “Creo que ya me necesitas menos.” Alex sintió pena, pero también una fuerza nueva, tranquila. “¿Y si vuelven mis miedos?” Comemiedos sonrió. “Volverán a veces. Entonces respira, pide ayuda si hace falta y da un pasito. Yo estaré en ese primer paso.”









