
cuentosIA
El cole nuevo de Marco

El primer día de curso, Marco cruzó la puerta del colegio nuevo con el corazón atento. En clase había escuchado nombres que aún no recordaba.
Al llegar el recreo, vio grupos ya formados. Respiró despacio y apretó su cuaderno, como quien guarda una pequeña puerta.

Marco eligió un banco tranquilo, abrió el cuaderno y empezó a dibujar el patio. Trazó las rayas del suelo, las ventanas y varios corrillos.
No intentó hacerlo perfecto. Cada línea le ayudaba a mirar mejor, y el ruido alrededor dejó de parecer tan lejano.

Un compañero se acercó con curiosidad y observó la página sin tocarla. Marco levantó la vista.
—¿Ese es nuestro patio?
—Sí, aunque todavía le faltan cosas, respondió. El compañero señaló la canasta y Marco dejó un hueco para que pudiera dibujarla con el lápiz azul.

Después llegó otro compañero. Añadió una portería pequeña y unas nubes sobre el tejado. Marco movió el cuaderno al centro del banco para compartir sitio.
Pronto, más manos esperaban turno. Unas dibujaron balones; otras, mochilas, hojas caídas y caminos secretos entre las baldosas.

El dibujo creció hasta ocupar dos páginas. Sin embargo, faltaba un rincón del patio, y nadie recordaba qué había allí.
Marco cerró los ojos un instante. Escuchó pasos, una pelota botando: POM, POM. Entonces sonrió y dibujó la fuente que brillaba junto a la pared.

Justo entonces sonó el timbre: RIIIING. Nadie quería dejar el dibujo a medias. Marco miró todas aquellas aportaciones y tuvo una idea.
—Mañana podemos terminarlo.
Las manos devolvieron los lápices con cuidado. Antes de entrar, varios señalaron el cuaderno y asintieron, ilusionados, en silencio.

Al volver a clase, Marco guardó el cuaderno con una calma distinta. El patio seguía dentro, lleno de trazos compartidos, y también quedaba una página libre para el día siguiente.
Marco ya no era solamente el nuevo. Era el del cuaderno, y sonrió al comprenderlo.









