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Daniel y el niño que no le dejaba jugar

Cada recreo, Marcos le dice "tú no juegas". Daniel se sienta en el banco del patio sin contárselo a nadie. Hasta que una profesora se sienta a su lado y le dice algo que necesitaba oír: no es culpa tuya.

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Una aventura con tu peque como protagonista
Portada: Daniel y el niño que no le dejaba jugar

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Daniel y el niño que no le dejaba jugar

Ilustración de la escena 1: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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En el recreo, Daniel corría hacia el campo de fútbol como si el patio tuviera imán. El balón saltaba, las voces subían. Daniel se acercó sonriendo, listo para ponerse de portero o lo que hiciera falta. Entonces Marcos le cerró el paso con una frase corta, seca: “Tú no juegas”. Daniel se quedó quieto un segundo… y se fue al banco, sin decir nada.

Ilustración de la escena 2: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Sentado, Daniel pensó: “Mañana será distinto”. Miró sus zapatillas y contó las líneas del suelo para que el tiempo pasara. Pero al día siguiente, al acercarse, oyó lo mismo: “Tú no juegas”. Y al siguiente, también. Daniel empezó a ir al recreo con un dolor de tripa, como una pelota apretada dentro. Se decía: “Seguro que juego mal… es culpa mía”.

Ilustración de la escena 3: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Daniel no se lo contó a nadie. Ni a su madre, ni a su padre, ni a su amigo del autobús. Las palabras se le quedaban en la garganta como migas que no bajan. En clase se reía, levantaba la mano, pintaba dinosaurios. Pero cuando sonaba el timbre, el pecho se le llenaba de aire pesado. “Si digo algo, a lo mejor molesto”, pensaba, y se callaba.

Ilustración de la escena 4: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Una mañana, Daniel llegó al patio y fue directo al banco, como si ya tuviera sitio reservado. El balón rebotó cerca y se oyó una risa. Daniel lo devolvió con el pie, sin mirar. Entonces una profesora se acercó despacio. No dijo “¿qué te pasa?”. Solo preguntó: “¿Puedo sentarme contigo?”. Daniel encogió los hombros. Ella se sentó, tranquila, sin prisa por llenarlo todo de palabras.

Ilustración de la escena 5: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Pasaron unos segundos largos. Daniel apretó los labios y miró al suelo. Al final, sin mirarla, soltó la frase como quien deja caer una mochila: “Marcos no me deja jugar”. La profesora asintió despacio. “Gracias por decírmelo, Daniel. Eso que hace Marcos no está bien. Y no es culpa tuya”. A Daniel le salió un suspiro, como si por dentro se abriera una ventana pequeña.

Ilustración de la escena 6: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Esa tarde, la profesora habló con Marcos aparte, cerca de la puerta del gimnasio. Daniel lo vio de lejos y el estómago le hizo un nudo. No quería que nadie se riera, ni que Marcos se enfadara más. Pero no hubo gritos ni dedo acusador. La profesora señalaba el patio y hablaba bajito. Marcos miró al suelo, luego levantó la vista y dijo algo que Daniel no oyó. El nudo aflojó un poco.

Ilustración de la escena 7: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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Al día siguiente, Daniel caminó hacia el fútbol con pasos pequeños, como si el suelo pudiera resbalar. Marcos estaba allí. Daniel esperó la frase de siempre, pero no llegó. Solo hubo silencio y un balón rodando. Daniel se colocó en un lado. Un niño le pasó la pelota sin darle importancia. Daniel la tocó una vez, luego otra. No metió gol, pero su tripa ya no apretaba tanto. Respiró mejor, por fin.

Ilustración de la escena 8: Daniel y el niño que no le dejaba jugar
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En casa, Daniel dejó la mochila en el suelo y se lavó las manos despacio. Su madre le miró desde la cocina. “¿Qué tal el recreo, Daniel?” Daniel notó todavía un cosquilleo raro en el pecho, mezcla de miedo y alivio. No sonrió como en los dibujos, pero dijo claro: “Hoy he jugado”. Luego añadió, bajito: “Se lo conté a la profe”. Su madre asintió. Daniel entendió algo: pedir ayuda también es valiente.

Contraportada: Daniel y el niño que no le dejaba jugar

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Hay niños que van al recreo con dolor de estómago. No porque estén enfermos, sino porque alguien les ha hecho sentir que no tienen sitio.

En este cuento, Daniel no puede jugar al fútbol. Un niño le dice "tú no" cada día. Daniel cree que es culpa suya. No se lo cuenta a nadie. Hasta que una profesora se sienta a su lado en el banco sin preguntar qué le pasa, solo haciéndole compañía. Y Daniel, poco a poco, encuentra las palabras.

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