
cuentosIA
Carlito el marinero

Tito tenía una misión: acompañar a Sarita en su primera travesía y regresar juntos a La Habana. Sarah Isabela, a quien llamaban Sarita, viajaba con su padre, el capitán Carlitos, en un barco mercante cargado de telas y café. Él había recorrido todos los mares del mundo, pero esta vez llevaba pasajeros muy especiales.
—Próxima parada: casa.
Tito se acomodó junto a Sarita. Su juguete rodó con el balanceo. Lo atrapó enseguida: aquel barco necesitaba supervisión.

Al atardecer, el viento silbó entre las cuerdas. Carlitos llevó a Sarita y a Tito a la cabina, lejos de la cubierta. Afuera, las olas empezaban a golpear el casco.
—¿El mar está enojado?
—Está movido. Aquí estaremos seguros.
Tito apoyó el hocico sobre las rodillas de Sarita. Entonces, CLONC, una puerta de armario se abrió. Antes de que salieran los platos, Carlitos aseguró el cierre. Tito soltó su juguete: mejor sujetar también aquella carga tan inquieta.

Durante la noche, la tormenta arreció. Una ola hizo vibrar los cristales y la luz de la cabina se apagó. Tito buscó inmediatamente la mano de Sarita.
—Estoy aquí, Tito.
Carlitos encendió una linterna, comprobó la posición del barco y redujo la velocidad. Pero Tito ya olfateaba junto a la puerta: bajo ella entraba agua. Rascó el suelo, insistente.
—Bien visto. No debería acumularse ahí.
Sin dejar sola a Sarita, iluminó el pasillo y descubrió el origen del problema.

El agua de lluvia entraba por una ventilación y no encontraba salida: un trapo tapaba el desagüe del pasillo. Carlitos lo retiró y aseguró la abertura. Tito observó cómo desaparecía el charco, satisfecho con aquella importante investigación.
Pero un golpe de mar sacudió el barco. Desde el puesto de mando, Carlitos comprobó que el viento los empujaba hacia unos bajos señalados en la carta.
—Tenemos que alejarnos antes de buscar la entrada del puerto.
Tito regresó junto a Sarita.

La siguiente ola llegó mientras Carlitos cambiaba el rumbo. Tito se afirmó junto al asiento donde Sarita permanecía asegurada. Ella sujetó el juguete de Tito para que no rodara.
—Yo cuido esto. Tú quédate conmigo.
El barco subió, tembló y descendió con un golpe que les sacudió el estómago. Carlitos mantuvo el rumbo hacia aguas profundas, aunque eso alargara el viaje. Tito gimió, pero no abandonó a Sarita. Por fin, los bajos quedaron atrás. Ya podían avanzar hacia La Habana sin acercarse al peligro.

Al amanecer, la tormenta quedó atrás y La Habana apareció frente al barco. Tito reconoció el entusiasmo de Sarita antes de distinguir el puerto.
—¡Mamá!
En el muelle esperaban Arianna Eva y los abuelos Elsa y Ariel. Cuando Carlitos aseguró la pasarela, bajaron juntos. Arianna Eva abrazó a su hija; Tito se metió en medio, sin solicitar permiso.
—¡Llegó Carlito el marinero!
Carlitos abrazó también a los abuelos. Tito dejó su juguete entre todos: por fin había dejado de rodar.









