
cuentosIA
Alba y su amigo que tartamudea

En clase, Alba escuchaba cómo las palabras salían como canicas: rápidas, rodando. Pero cuando le tocaba a Iván leer, las canicas chocaban y se quedaban atascadas. Algunos niños se miraban. Otros le acababan la frase. Una vez alguien soltó una risita. A Iván se le encendieron las mejillas, bajó la mirada y ya no volvió a levantar la mano.

En el recreo, Alba vio a Iván junto a la valla, con un nudo en la garganta, como si tuviera un cordón apretado por dentro. Él asentía con la cabeza cuando le hablaban y apretaba los labios. Alba se acercó sin hacer ruido. Iván estaba dibujando un dragón. “Qué pasada”, dijo Alba. “Gra-gra-gracias”, contestó él, muy bajito.

Iván miró a Alba como esperando que ella rellenara los huecos, como hacían otros. Pero Alba se quedó allí, quieta, como si el tiempo fuese una manta. “¿Cómo se llama?”, preguntó. Iván tragó saliva. “Fue-fue-fuego.” Alba sonrió. “Mola. ¿Me dibujas uno a mí?” Iván dudó un momento… y empezó a trazar un dragón azul despacio.

Al día siguiente, Iván se sentó al lado de Alba en clase. No dijo mucho, pero cuando Alba le prestó una goma, murmuró: “G-gracias.” Alba respondió: “De nada, tranquilo.” En lectura, Iván levantó un poco la mano y luego la bajó, inseguro. Alba no lo miró como una lupa; lo miró como un faro. Iván respiró y volvió a intentarlo.

Una semana después, la profe pidió: “Contad algo que os guste.” El estómago de Iván parecía un tambor. Aun así, se levantó. Las palabras se le enganchaban, pero no se escapó. “Mi d-dragón… Fue-fuego… vu-vuela sobre… un lago.” Hubo un silencio largo. Alba no lo cortó. Esperó con él. Iván siguió, frase a frase, hasta terminar.

Cuando Iván acabó, soltó el aire como quien deja caer una mochila pesada. Alba aplaudió la primera. “Es la mejor historia de dragones que he oído”, dijo. Iván sonrió, pequeño al principio, y luego más ancho. En el recreo, se sentaron juntos a dibujar. Iván seguía tartamudeando, sí, pero ya no se escondía. Alba escuchaba sin prisa, como siempre.









