
cuentosIA
Alba dice adiós a su ventana

Cuando mamá dijo “nos mudamos”, a Alba se le hizo un nudo en la garganta. No pensó en la cama, ni en la cocina, ni en la puerta. Pensó en su ventana. Desde allí veía el cerezo del vecino, que en primavera se llenaba de flores como espuma. Por las tardes contaba coches rojos. Y cada día, al final, esperaba a papá.

—En la casa nueva habrá otra ventana—dijo mamá, intentando sonreír. —Yo no quiero otra—susurró Alba. Era como si le pidieran cambiar su canción favorita por una que aún no conocía. Alba miró el cristal: tenía marcas de dedos, una esquina un poco empañada, y el reflejo de su cara pensativa. La idea de despedirse le pesaba en el pecho.

Los días antes de la mudanza, Alba empezó a mirar su ventana como quien se aprende un secreto. “No te olvides”, pensaba. Contó el buzón amarillo, la farola torcida, el banco donde se sentaban los mayores. Hasta el gato del tercero aparecía a veces, como una sombra que se estira. Alba no quería que nada se escapara sin decir adiós.

Esa tarde sacó folios y lápices. Se sentó muy recta, como si fuese una exploradora, y dibujó lo que veía desde su ventana. El cerezo, el buzón, la farola y el gato, todo en su sitio. Cuando se le rompió la punta al lápiz, resopló con rabia. Papá se asomó: “¿Necesitas ayuda, Alba?” Ella negó, apretando los labios.

Al día siguiente, Alba recortó su dibujo y lo repasó despacio, como si al hacerlo lo cosiera al aire. “Si lo hago bien, se quedará”, se dijo. Mamá llenaba cajas y el piso olía a cinta adhesiva. En el pasillo, las voces rebotaban contra las paredes y Alba se enfadaba por dentro, sin saber con quién. Se guardó el dibujo bajo el brazo.

La noche antes de irse, Alba pidió dormir con la puerta entornada para oír la casa. —¿A qué suena?—preguntó papá. Alba escuchó: crujidos, el ascensor, un coche lejano. —Suena a “aquí”—dijo. Papá le acarició el pelo. Alba intentó imaginar el “allí”, pero era como mirar por un cristal empañado. Se quedó despierta un rato, con un nudo y una manta.

Llegó el día de la mudanza. El salón, sin muebles, parecía más grande y más extraño. Cada paso hacía eco, como si la casa repitiese: “¿De verdad os vais?” Alba caminó despacio hasta su habitación. Allí estaba su ventana, quieta, mirando lo de siempre. Alba sacó el celo del bolsillo, respiró hondo y se subió a una silla con cuidado.

Alba pegó el dibujo en el cristal, mirando hacia fuera, y alisó las esquinas con la yema de los dedos. —Para que la casa se acuerde de mí—susurró. Le temblaron un poco las rodillas. Luego bajó y se quedó mirando, como si esperara una respuesta. Desde el pasillo, mamá llamó: “¡Alba, vamos!” Alba no contestó enseguida. Tragó saliva. Volvió a tocar el cristal una última vez.

Papá entró y vio el dibujo. —Alba… Ella apretó los puños. Pensó que le diría que no podía. Pero papá la cogió en brazos y habló muy bajito: —La ventana se queda, sí. Pero todo lo que veías desde ella te lo llevas aquí. Y le tocó la cabeza, como si guardara algo en un bolsillo invisible. Alba apoyó la mejilla en su hombro.

En el coche, Alba iba callada. Miraba las calles que se alejaban, como si fueran páginas que se pasan demasiado deprisa. Mamá hablaba de cajas, de llaves, de pintar paredes. Alba escuchaba sin entrar del todo. En su barriga, el nudo se movía con cada bache. “¿Y si desde la ventana nueva no se ve nada?”, pensó. Se pegó al asiento y abrazó su mochila.

La casa nueva olía a pintura y a suelo recién fregado. Alba subió las escaleras deprisa, con el corazón dando saltitos enfadados. Encontró su habitación, dejó la mochila y fue directa a la ventana. Abajo había un jardín con un columpio viejo y un árbol grande. No era su cerezo. Alba apoyó la frente en el cristal y notó el frío. Las hojas se movían con el viento, como saludando.

Alba se quedó un rato quieta. El nudo seguía allí, pero ya no apretaba igual. Recordó su dibujo pegado en la otra casa y le entró una tristeza redonda, como una piedra en el bolsillo. Luego respiró hondo. —A lo mejor desde aquí también se ven cosas bonitas—dijo en voz baja. Cuando papá asomó, Alba señaló el columpio. —¿Lo arreglamos mañana? Papá sonrió: —Mañana. Y pasado también.











