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El origen de la noche de San Juan: el cuento de Lúa y la primera hoguera

El solsticio de verano llegó con un cielo tan claro que parecía recién lavado. En el pueblo junto al mar, la gente miraba la tarde con una inquietud antigua: desde aquel día, la luz empezaría a encogerse poco a poco.
Lúa escuchó a los mayores junto al pozo. Nadie gritaba, pero todos hablaban bajito.
—¿Y si el sol se cansa de volver?
Lúa levantó la vista. El sol no parecía cansado; parecía esperando una idea.

Esa tarde, Lúa siguió el camino de las cabras hasta el acantilado. El mar golpeaba las rocas con SPLASH y el viento le revolvía las ideas. Contó las gaviotas, las nubes y hasta sus propios pasos, por si alguno traía una respuesta.
Entonces vio humo de una cocina subir recto, como un mensaje.
—Si el sol nos mira desde arriba, quizá también pueda ver una hoguera enorme, dijo.
Una cabra baló, muy seria, como aprobando.

Lúa bajó corriendo al pueblo, con cuidado de no pisar los erizos secos que rodaban por el sendero. Reunió a quienes remendaban redes, molían grano o vigilaban ollas.
—Hagamos un fuego en la playa. Uno tan alto que el sol lo vea y recuerde el camino.
Un pescador se rascó la barbilla.
—¿Y si el sol piensa que le estamos copiando?
Lúa sonrió.
—Pues que se pique un poco y brille más.

Al principio, solo trajeron ramas pequeñas. Después llegaron troncos, cestos de piñas y haces de hierbas secas que olían a monte caliente. Lúa ordenó todo alrededor de un círculo de piedras, porque el fuego necesitaba casa, no prisas.
Los niños quisieron ayudar y casi construyeron una torre torcida.
—Eso parece una cigüeña dormida, comentó.
Rieron, desmontaron la montaña y la hicieron firme. Cuando cayó la noche, la playa parecía contener la respiración.

La primera chispa saltó como una estrella pequeña. Luego llegaron muchas, CRAC, CRAC, hasta que la hoguera creció y pintó de naranja las caras del pueblo. Nadie parecía inquieto ya; todos miraban hacia arriba.
Más allá de la bahía, una luz respondió. Luego otra, en una colina lejana.
—¡Nos están contestando!
Lúa sintió un cosquilleo en el pecho. Sin haberlo planeado, habían escrito al cielo con fuego, y otros pueblos habían entendido la letra.

Cuando la luna subió, Lúa caminó hasta la orilla. El agua estaba fría, pero olía a sal y a secreto limpio. Dio un paso, luego otro, y dejó que nueve olas le rozaran las piernas, una por cada deseo de empezar mejor.
—Una por las prisas, otra por los enfados, otra por las migas que escondí bajo la esterilla, contó bajito.
En la novena ola, se rió. El mar parecía guardar la broma.

Después, Lúa tomó un cesto y buscó siete hierbas distintas entre las dunas y los caminos. No arrancó más de lo necesario; pidió permiso con la mano sobre la tierra, como le había enseñado su abuela.
Encontró hinojo, romero, malva, verbena y otras plantas de nombres suaves. Las dejó dormir en agua clara bajo la luna.
—Mañana nos lavaremos la cara con esto, explicó.
—¿También lava las legañas testarudas?
—Si cooperan, sí.

Cerca del fuego, las brasas ya eran rojas y mansas. Lúa esperó a que los mayores apartaran las llamas altas y dejaron un paso seguro. Entonces saltó una vez, y el pueblo contuvo el aire. Saltó dos, y las conchas de su cuello tintinearon. Saltó tres, ligera como una chispa.
—Que se quede atrás lo que pesa, dijo al caer.
Todos siguieron. No por miedo, sino porque aquel gesto hacía sitio a la alegría.

Al amanecer, Lúa se lavó la cara con el agua de las siete hierbas. El sol salió despacio, pero salió, dorando tejados, remos y mejillas somnolientas. Durante muchos siglos, la gente siguió encendiendo fuegos y entrando en el agua aquella noche.
Más tarde, el día se llamó de San Juan, por un hombre bueno que hablaba de luz y de ríos. Pero en cada chispa que sube al cielo, aún viaja la idea valiente de Lúa.









