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Luna y la noche de las calabazas encantadas

La noche de Halloween olía a hojas húmedas y caramelo. Luna iba de portal en portal, feliz con su cesta, cuando una calabaza del jardín de los Vega parpadeó dos veces y estornudó luz.
—Perdona. Me pasa cuando hace fresco. Luna casi dio un salto.

La calabaza habló con voz redonda, como si tuviera cosquillas por dentro.
—Buscamos la Gran Calabaza Dorada antes de medianoche. Cada una guarda un secreto; juntas señalan el camino.
Luna tragó saliva, pero enderezó el sombrero.
—Vale. Si me pierdo, espero que sepáis leer mapas mejor que yo.

En la casa siguiente, otra calabaza lanzó un destello hacia el viejo reloj de la plaza. Más allá, una tercera murmuró que la dorada se escondía donde cantaba el agua.
Luna fue uniendo pistas mientras las sombras del barrio parecían guiñarle un ojo cómplice entre risas lejanas.

Al llegar a la plaza, el reloj dio once campanadas: DONG, DONG. La fuente canturreaba bajito, pero no había ninguna calabaza dorada. Luna notó un cosquilleo de duda.
Entonces vio pequeñas luces flotando bajo el puente del estanque.
—Muy bien, misterio. Vamos a llevarnos decentemente.

Bajo el puente, escondida entre hojas y reflejos, descansaba la Gran Calabaza Dorada. No brillaba sola: esperaba. Luna recordó los secretos, los dijo en voz alta y la noche entera pareció contener el aliento.
La calabaza respondió con una luz serena que encendió todos los jardines.

De regreso a casa, cada calabaza iluminó su portal con un resplandor amable, como dando las gracias. Luna sonrió, menos asustada que al empezar.
Metió un caramelo junto a una hoja dorada en su cesta y pensó que aquella era la mejor clase de magia: la que se comparte.






