
cuentosIA
Lucas y la cometa que no quería volar

Lucas llegó al parque decidido a ganar al viento. Plantó los pies, levantó su cometa y corrió como en una final.
La cometa subió medio palmo, giró raro y cayó sobre un banco. PLAF.
—Genial. Primer vuelo: aterrizaje en bocadillo, gruñó.

Lo intentó otra vez. Y otra. La cometa chocó contra la hierba, luego contra sus zapatillas, como si quisiera volver a casa andando.
Lucas notó una tormenta dentro del pecho.
—No sirvo para esto. Ni ella tampoco, dijo, apretando las varillas.

Antes de que la rompiera, una niña se acercó con una cuerda enrollada en la mano.
—Espera. Las cometas no se caen porque sí. Dejan pistas.
Lucas resopló.
—Pues la mía escribe novelas enteras en el suelo.
La niña sonrió y señaló el hilo.

Miraron el nudo: estaba torcido. Luego probaron el viento con briznas de hierba. Lucas quería correr ya, pero la niña levantó una mano.
—Primero mira, luego tira. Como cuando chutas: no le das al balón con los ojos cerrados.
Eso sí lo entendió.

Lucas respiró hondo. Aflojó el hilo, giró un poco y esperó la ráfaga. El nudo de su garganta seguía allí, pero ya no mandaba.
Corrió. La cometa tembló, bajó, casi cayó… y de pronto subió unos segundos, viva sobre el parque.

No fue un vuelo perfecto. La cometa bajó haciendo una reverencia torpe, pero Lucas no la pisó ni gritó.
—Ha volado. Poco, pero ha volado.
Guardó la cuerda con cuidado. Cada caída ya no parecía un fracaso, sino una pista para volver a intentarlo mañana.






