
cuentosIA
Luna y las letras que cobraron vida

En la biblioteca del colegio, Luna encontró un libro que temblaba suavemente. Al abrirlo, las letras salieron volando como hojas al viento.
—¡Eh, volved!
Pero la A giró hacia la puerta, la M se escondió en su cesta y la S rebotó por el pasillo.

Luna corrió detrás de ellas entre estanterías y mesas. El corazón le iba deprisa. Entonces oyó una voz clara desde el aire.
—Yo abro caminos. —Yo quiero mimos. —¡Yo salto sin parar!
Luna tragó saliva. Si no aprendía a juntarlas, se perderían todas.

Junto a la ventana aparecieron las vocales, flotando despacio, como farolillos.
—Nosotras te ayudamos. —Escucha bien. —Mira cómo suena.
Luna respiró hondo. Probó primero con la M. Luego puso la A a su lado. Ma, pensó, y algo brilló en el suelo.

La sílaba recién hecha tiró de la M, que dejó de esconderse. Luna avanzó por el pasillo y repitió despacio: ma, me, mi.
La S dio un bote. La A volvió girando. Con esfuerzo, Luna formó una palabra entera:
—¡Masa!

Entonces el libro, desde la biblioteca, lanzó un suave Ffff. Era la llamada de vuelta. Algunas letras ya iban hacia la escalera.
Luna sintió un nudo en la barriga, pero siguió leyendo en voz alta, despacio y firme. Cada palabra nueva guiaba a otra letra hacia casa.

Cuando la última letra entró en su página, el libro quedó quieto. Luna lo cerró con cuidado y sonrió, cansada.
—Ya sé un poco más.
Desde dentro sonó un susurro de papel feliz. Al salir, Luna leyó el cartel de la puerta ella sola, sin ayuda.






