
cuentosIA
Lucas y el partido que le enseñó a perder

Lucas llegó a la final convencido de que ganaría. Corrió, pasó, chutó… y el último tiro salió torcido: PUM, contra el poste.
El otro equipo celebró. Lucas apretó los puños.
—No vuelvo a jugar. Ni aunque el balón me prepare macarrones, gruñó.

Esa noche, Lucas dejó el balón bajo la cama, como si castigara a un perro travieso. Entonces oyó un bote suave: toc, toc.
—Vale, no hago macarrones, pero conozco un sitio.
Lucas parpadeó. La habitación giró como una peonza.

Aparecieron en un campo secreto, sin marcador. Allí entrenaban Nora, que había llegado última; Dani, que falló un penalti; y Bruno, que perdió una copa.
Nora se ató las zapatillas.
—Perdí, sí. Pero aprendí a respirar cuando me arden las piernas.

Dani le lanzó a Lucas un balón fácil. Lucas quiso lucirse y tropezó con su propio pie.
—Ese regate lo inventó mi abuela buscando las zapatillas, bromeó.
Lucas soltó una risa pequeña. Luego Dani añadió:
—Fallar no borra los entrenamientos.

Bruno puso una copa vieja en el suelo.
—Yo lloré cuando la perdimos. Después escribí tres cosas que podía mejorar.
Lucas miró sus manos. Quería ganar, pero también quería volver.
Probó un pase, falló dos, acertó uno. Ese uno sonó distinto.

Al día siguiente, Lucas jugó de nuevo. Perdieron por un gol. Le picaron los ojos, pero respiró como Nora.
Se acercó al rival y chocó su mano.
—Buen partido. Hoy he aprendido dónde colocarme.
El balón rodó junto a él, tranquilo, casi orgulloso.






