
cuentosIA
Luca y el tesoro de Trufa

Una tarde, Luca lanzó la pelota de tenis por última vez. Trufa corrió como una flecha, desapareció bajo los setos y no regresó.
Luca esperó. Nada. Ni patas, ni pelota.
—Seguro que «última» significa «empieza la aventura» para Trufa, murmuró, intentando no reír ni preocuparse.

En vez de gritar, Luca se agachó y pensó como ella. Trufa pasaría por debajo, nunca por encima. Primero olería la papelera de las meriendas; después, el charco del aspersor.
Allí encontró un mechón enganchado.
—Muy bien, detective. La sospechosa pierde pelo y roba pelotas, se dijo.

Unas huellas mojadas cruzaban el camino hacia el banco donde los señores echaban pan a las palomas. Luca las siguió, pero terminaban de golpe.
Un señor señaló tres direcciones distintas.
—Fue por allí... o quizá por allá.
Luca sonrió. Aquella pista necesitaba gafas.

Entonces descubrió arena removida bajo el tobogán. Luca miró debajo: solo había un hoyo, una hoja y la marca redonda de una pelota.
Una señora se acercó deprisa.
—Vi pasar algo marrón muy rápido.
—Eso puede ser Trufa... o una merienda con prisa.

Luca unió las pistas: seto, agua, pan, arena. Trufa no corría sin rumbo; recorría sus paradas favoritas. Faltaba el lugar donde siempre descansaba después de una búsqueda larga.
Al fondo, tras otro banco, oyó un suave PLOF.
—Ese ruido es de campeona agotada, pensó.

Luca rodeó el banco y allí estaba Trufa, profundamente dormida. Entre las patas guardaba una pelota vieja, sin apenas pelusa, como si fuera un tesoro brillante.
Trufa abrió un ojo y movió la cola.
—No estabas perdida. Estabas de compras.
Ella abrazó mejor su premio.

De vuelta por el parque, Luca llevó la pelota nueva y Trufa cargó orgullosa con la calva. Ya sabía que encontrarla no había sido cuestión de suerte, sino de conocer sus costumbres.
Antes de marcharse, Luca le rascó la oreja.
—Mañana traemos una bolsa para tus compras.






