
cuentosIA
El monstruo que pedía caramelos

La noche de Halloween olía a castañas y a caramelos. Luca salió con su bolsa para pedir truco o trato, dando saltitos por la acera.
—Hoy mi disfraz tiene nivel máximo, dijo, como si empezara un videojuego.
Entonces, detrás de un seto, sonó CRAC.

Luca se quedó quieto. El seto tembló un poquito, como si tuviera hipo.
—¿Hola? Si eres una calabaza, te aviso: no sé hablar calabacés.
Del escondite salió Púa, muy encogida. Miró la calle y se tapó la cara con cuidado.

—No me comas, susurró.
Luca abrió mucho los ojos y luego se rió bajito, sin burlarse.
—Yo venía a pedir caramelos, no cenas peludas.
Púa asomó un poco más.
—Los niños disfrazados hacen caras raras. Dan un miedo tremendo.

Luca se sentó en el bordillo y dejó su bolsa entre los dos.
—Mira, esto es tela. Y esto, pintura. Por dentro sigo siendo Luca.
Se quitó un adorno del disfraz y lo movió como una marioneta torpe. Púa soltó una risita: sonó como campanilla tímida.

Después fueron juntos de puerta en puerta. Luca llamaba, Púa se quedaba medio escondida detrás de él, pero cada vez menos.
Los vecinos sonreían al verlos.
—Dicen que llevas el mejor disfraz de la noche.
—¿Disfraz? ¡Pero si yo he venido de mí misma!

En la última puerta, una calabaza hizo PLOP y se apagó. Púa saltó hacia Luca y casi volcó la bolsa.
Luca respiró despacio.
—Modo valiente: encendido.
Púa tocó la calabaza. Solo era una luz cansada. Entonces rieron tanto que un caramelo rodó calle abajo.

Al final, Luca y Púa se sentaron en la acera, bajo la luna de octubre. Repartieron caramelos por colores y dejaron los pegajosos para el final.
—Los disfraces son sustos de mentira.
—Y los monstruos pueden ser amigos de verdad.
Brindaron con dos caramelos.






