
cuentosIA
Cuando el mundo se va a dormir

Era de noche y la habitación estaba suave y quieta. Luca miraba el techo, con los ojos muy abiertos. Leo se removió en su saco y habló bajito.
—¿Jugamos a dar buenas noches?
Luca sonrió un poco. Aquel juego sonaba lento, como una nube.

Los dos salieron de puntillas hasta la ventana. Afuera, los pájaros ya no cantaban. Estaban escondidos, muy quietos, con la noche alrededor.
Luca juntó las manos y susurró:
—Buenas noches, pajaritos. Dormid calentitos.
Leo asintió, y el silencio pareció hacerse más dulce.

Luego escucharon el río, lejos, detrás de los árboles. Sonaba más despacio que por la tarde, como si también tuviera sueño.
—Buenas noches, río, dijo con voz de secreto.
Luca cerró los ojos un instante. El agua hacía shhh, shhh, y sus hombros descansaron.

El viento pasó por las hojas con mucho cuidado. No empujaba. Solo se acurrucaba entre las ramas, como una manta invisible.
Luca levantó un dedo, para que Leo no hiciera ruido.
—Buenas noches, viento. Quédate blandito.
Leo sonrió, y los dos respiraron muy despacio.

Sobre el cielo, las estrellas brillaban bajito. Una parpadeó, luego otra, como si bostezaran sin prisa.
—Creo que también se van a la cama, susurró.
Luca notó los párpados pesados. Le gustó ver cómo la noche apagaba sus luces una a una.

Volvieron a la cama sin correr. Cada paso hacía menos ruido que el anterior. Luca se metió bajo la manta, y Leo se arropó a su lado.
—¿Falta alguien?
Leo pensó un momento.
—Nosotros. Buenas noches, Luca.
Luca contestó bajito, casi dormido.

—Buenas noches, Leo.
La habitación quedó tranquila. El río seguía lejos, el viento descansaba y las estrellas guardaban su luz.
Luca cerró los ojos del todo. Leo también. Arropados y en paz, los dos amigos se durmieron despacito, como si la noche los meciera.






