
cuentosIA
Diez años y un café derramado
Para Lucía, por diez años de cafés (y alguno derramado).

Lucía llegó a aquella cafetería de Valencia buscando una mesa donde ordenar sus ideas. Dani ya había extendido sus apuntes junto a una taza. Al pasar, ella tropezó y el café cayó sobre las hojas.
—Madre mía. Dime que no era el único ejemplar.
Dani levantó una página empapada, esperó a que dejara de gotear y contestó:
—Era el único. Pero todavía se lee tu número si lo escribes en el margen.
Lucía se echó a reír antes de pedirle perdón otra vez.

Durante semanas, Lucía y Dani volvieron a la misma cafetería. Ella aparecía con historias que empezaban por un despiste; él recordaba cómo le gustaba el café y guardaba un sitio junto a la ventana. Un día caminaron sin rumbo hasta que cerraron las tiendas.
—Se me ha olvidado por qué habíamos salido.
—Por nada importante. Podemos seguir.
Lucía pensó que hacía tiempo que no se sentía tan tranquila al perder la noción de la hora. Le pidió que la acompañara un poco más.

El primer piso tenía una persiana que se atascaba y una cocina donde apenas cabían a la vez. Lucía quiso mudarse de todos modos: había abierto la ventana y oído las campanas mientras Dani comprobaba, una por una, las llaves de la puerta. La primera noche cenaron sentados en el suelo, entre cajas sin abrir.
—¿Y si resulta que no sabemos convivir?
Dani le acercó el último trozo de pan.
—Entonces aprenderemos. De momento ya sabemos repartir la cena.
Lucía apartó una caja para hacerle sitio.

Canela llegó a la vida de Lucía con la costumbre de detenerse ante cualquier puerta abierta. Dani aprendió a esperar mientras Lucía la llamaba; Lucía aprendió a llevar siempre una bolsa de sobra. Los paseos dieron a sus días un ritmo nuevo, incluso cuando el trabajo les dejaba pocas ganas de hablar.
Una tarde, al volver empapados por la lluvia, Canela dejó un rastro de agua por el pasillo.
—Creo que ella se lo ha pasado mejor que nosotros.
Dani fue a buscar una toalla y volvió con dos.

En Lisboa, Lucía se equivocó de calle al buscar el camino de vuelta. Dani sacó el móvil, pero ella le pidió un minuto más. Subieron una cuesta sin saber qué encontrarían y llegaron a un mirador cuando empezaban a encenderse las luces. Canela estaba en Valencia; por primera vez en mucho tiempo, podían quedarse quietos sin pensar en el paseo siguiente.
—Menos mal que no miraste el mapa.
—Lo tenía abierto, confesó.
Lucía apoyó la cabeza en su hombro. Se quedaron allí hasta que refrescó.

Diez años después de aquel café, Dani encontró una de las hojas manchadas mientras ordenaban un cajón. Lucía reconoció su número, escrito deprisa en el margen. Canela esperaba junto a la puerta con ganas de salir.
—¿Todavía guardas esto?
—Sí. Aunque ya no necesito el número.
Lucía dobló la hoja con cuidado y la dejó donde estaba. Después cogió las llaves, y los dos bajaron con Canela a la calle. Dani le ofreció la mano; Lucía la aceptó sin detener el paso.








