
cuentosIA
Carmen y Manuel, cincuenta años de verbenas
Para los abuelos, por cincuenta años enseñándonos a querer.

La mañana de su aniversario, Carmen encontró una entrada de verbena entre las páginas de una libreta. El papel olía a cajón cerrado y conservaba, apenas legible, la fecha: 1975. Manuel estaba preparando café cuando ella la dejó sobre la mesa.
—Mira lo que ha salido.
Manuel acercó la libreta a la luz.
—Espero que no hayas guardado también lo que dije aquella noche.
Carmen soltó una carcajada. Recordaba perfectamente sus palabras; lo que no recordaba era haber guardado la entrada.

Aquel verano, Carmen cosía redes en el puerto. Al terminar la jornada, aún le quedaban ganas de bailar, y la verbena del pueblo era una cita que no pensaba perderse. Manuel, pescador, había pasado la tarde pendiente del tiempo antes de decidirse a ir. Se encontraron junto a la música, cuando Carmen reconoció en sus manos un nudo que ella solía reparar.
—Ese te va a durar poco.
—Entonces tendré que volver a verte.
Se sorprendió tanto de su ocurrencia que tardó un momento en invitarla a bailar.

Manuel sabía orientarse mar adentro, pero aquella noche necesitó que Carmen le marcase el paso. Bailaron hasta que la música terminó y siguieron hablando de camino al puerto. Al día siguiente, él llevó una red para reparar; Carmen encontró dos nudos mal hechos y uno bastante aceptable.
—Vas mejorando.
—Me he aplicado para no suspender.
Durante semanas, fueron encontrando ratos al acabar el trabajo. Cuando Carmen volvía a oír la canción de la verbena, buscaba a Manuel casi sin darse cuenta.

Los años trajeron otras tareas. Manuel salía a pescar; Carmen seguía trabajando con las redes y encontraba tiempo para poner música en casa. Se casaron, aprendieron a organizarse y, cuando la vida se les llenó de responsabilidades, reservaron algún rato para bailar en la cocina. A veces les bastaba con una canción antes de acostarse.
—Aquí piso menos que en la verbena.
—Porque aquí sé apartarme a tiempo.
Al terminar, dejaban la cocina recogida entre los dos. Aquella costumbre también acabó siendo suya.

De vuelta en la cocina del aniversario, Carmen pasó el dedo por el borde de la entrada. Llevaban cincuenta años casados. Había temporadas que le resultaban difíciles de contar en voz alta: el cansancio de una jornada larga, las pequeñas alegrías que solo compartían ellos. Manuel dejó el café junto a la libreta y reconoció el número escrito en una esquina.
—Era el número de la rifa. No nos tocó nada.
—Y aun así guardé la entrada.
Se quedaron un momento junto a la mesa, recordando la música.

Por la tarde llegó toda la familia. Carmen puso la entrada sobre la mesa para que pudieran verla y contó cómo había empezado todo; Manuel interrumpió una vez para defender la calidad de aquel primer nudo. Entre recuerdos y risas, alguien puso música. Carmen se levantó y le tendió la mano.
—Esta vez ya conozco los pasos.
—Eso dices cada año.
Bailaron rodeados de toda la familia. Después, Carmen devolvió la entrada a la libreta, mientras la canción seguía sonando.







