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Bruno y la noche que no daba miedo
Para Bruno, para que la noche siempre sea amiga.

Bruno apagó la luz de su cuarto y abrazó a Tito, su conejo de peluche. La oscuridad le hizo apretar la manta un poquito. Bruno dejó los pies quietos y escuchó el silencio. —Tito, ¿te quedas conmigo?, preguntó. La manta estaba calentita sobre sus rodillas.

En la oscuridad, Bruno notó un bulto junto a la cama. Apretó a Tito y miró otra vez. Era su cojín de siempre, apoyado en la pared. —Ah, eres tú, dijo bajito. Lo colocó cerca de Tito y respiró despacio. El cuarto olía a sábanas limpias.

Bruno buscó con la mano la mesilla. Allí seguía su vaso de agua y su cuento cerrado. Todo estaba en su sitio. Afuera, la luna dejaba una raya suave en el suelo. —Puedo verla desde aquí, murmuró. Tito descansaba bajo su brazo, sin moverse.

Luego Bruno se tapó hasta los hombros. La manta rozó su barbilla. Oyó el sonido suave del reloj del cuarto. Bruno lo escuchó un rato. —Buenas noches, reloj, susurró. Tito quedó arropado a su lado. El cojín seguía cerca y la luna también.

Bruno bostezó. Tito seguía junto a él. La manta continuó calentita. El reloj sonaba cada vez más lejos. Bruno cerró los ojos y volvió a abrirlos un momento. —Buenas noches, Tito, dijo muy bajito. Acarició el peluche con un dedo. Después dejó la mano quieta.

Bruno dejó la mano sobre Tito. El cojín estaba cerca. La manta le tapaba los hombros. Oyó el reloj una vez más. Bruno respiró hondo. Luego, despacio. La luna seguía en el suelo. —Estoy aquí, susurró. Cerró los ojos. Tito se quedó bajo su brazo.







