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La grandeza de Carmen

Carmen tenía tres años y muchas ideas. Vivía con su papá Marcos, su mamá Raquel y su hermana Daniela, que usaba silla de ruedas. A veces, cuando la casa estaba callada, Carmen miraba sus juguetes sin tocarlos. Sentía una nube gris dentro del pecho. No era sueño ni hambre. Era tristeza y también aburrimiento. Carmen se sentó junto a Marcos y apoyó la cabeza en su brazo. Él esperó, sin meterle prisa.

Marcos preguntó con suavidad:
—¿Cómo está tu pecho hoy?
Carmen pensó un rato. Sabía buscar palabras, aunque algunas se escondían.
—Tiene una nube. Estoy sola y aburrida, dijo.
Marcos no apartó la mirada.
—Esa nube pesa. Me quedo contigo mientras me cuentas.
Carmen respiró. La tristeza seguía allí, pero ya no tenía que sujetarla sola. Desde el salón llegó el suave rrr de las ruedas de Daniela. Carmen levantó la cabeza y tuvo una pequeña idea.

Carmen fue hasta Daniela y puso dos cojines en el suelo. Luego llevó una caja vacía y tres cucharas de madera.
—Podemos hacer un autobús en casa.
Daniela sonrió y acercó su silla. Carmen dio billetes imaginarios. Marcos se sentó detrás. Raquel dejó lo que estaba haciendo y ocupó otro cojín. BRUM, BRUM. El autobús cruzó pasillos, montañas de mantas y un túnel bajo la mesa. La nube de Carmen se hizo menos oscura, aunque no se marchó del todo.

Después del viaje, Carmen volvió a quedarse quieta. El juego había terminado y el silencio regresó. Notó un nudo pequeño en la garganta.
—La nube ha vuelto, murmuró.
Marcos se agachó a su lado.
—Puede volver. Vamos a escucharla.
Carmen cerró los ojos. Quería compañía. Quería inventar cosas. Quería decirlo antes de que el nudo creciera. Daniela acercó su mano y Carmen la tomó. Raquel se sentó cerca. Nadie intentó borrar la tristeza. La acompañaron juntos, respirando despacio.

Al rato, Carmen abrió los ojos. El nudo estaba más flojo. Miró la caja, los cojines y las cucharas. Su idea creció como una lucecita.
—Cuando me sienta sola, puedo pedir compañía.
—Sí. Y también puedes decir si quieres jugar o estar tranquila.
Carmen eligió jugar otra vez. Daniela marcó el camino del autobús. Raquel hizo sonar las cucharas y Marcos anunció las paradas. Carmen rio cuando llegaron a la parada Sofá. Su pecho tenía nube y sol a la vez.

Esa noche, Carmen guardó los billetes imaginarios en la caja. No sabía cuándo volvería la nube. Sí sabía algo importante: podía nombrarla y pedir ayuda. Se acercó a Marcos.
—Papá, ahora estoy cansada y contenta.
Marcos le ofreció la mano. Daniela y Raquel esperaban para terminar el día juntos. Carmen caminó con ellos. La tristeza no era mala ni daba miedo. Solo pedía espacio, palabras y compañía. En su pecho quedaba una nube pequeña, junto a un sol tibio que también era suyo.






