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Luna y la estrella de Navidad

Era Nochebuena. Luna salió al bosque nevado para buscar la estrella más brillante y llevarla al árbol de su aldea. El aire olía a leña y galletas. De pronto, entre pinos y copos, perdió el sendero. Luna tragó saliva, pero siguió andando.

Junto a un abeto, un muñeco de nieve carraspeó.
—Buscas arriba, pero primero mira cerca.
Luna vio unas huellas suaves. Las siguió hasta un tronco hueco. Dentro brillaban bellotas doradas. No eran una estrella, y aun así calentaban la noche.

Entonces apareció una ardilla.
—Guardo estas bellotas para compartirlas cuando aprieta el frío.
Luna sonrió, pero al mirar el cielo sintió un pellizco: las nubes tapaban las estrellas. Si no encontraba el camino pronto, nadie encendería el árbol a tiempo en la plaza.

Desde una rama alta habló un búho.
—La luz no siempre cae del cielo.
Luna levantó la cabeza. El búho le marcó un sendero entre rocas blancas y faroles apagados. Caminaron despacio. El viento silbaba. Luna tenía miedo, pero pensó en su aldea y no se detuvo.

Al llegar a la plaza, el árbol seguía oscuro. Luna abrió su cestita y colocó dentro las bellotas doradas. El muñeco sopló nieve brillante. La ardilla repartió su tesoro. El búho dio un suave aleteo. PUM: el árbol se llenó de luces temblorosas, como estrellas cercanas.

La gente salió con tazas de chocolate caliente y voces de villancico. Luna alzó la vista. La estrella más brillante no estaba en una rama, sino en todo lo compartido.
—Ya sé qué adorna de verdad la Navidad.
Y volvió a casa con las mejillas frías y el corazón encendido.






