
cuentosIA
Las manos de mamá

Lara estaba sentada a la mesa cuando se fijó en las manos de mamá. Eran distintas a las suyas: más grandes, con una rayita en el pulgar y la piel algo áspera.
"Mamá, ¿por qué tus manos son así?" preguntó muy seria.

Mamá bajó la vista, como si acabara de encontrarse con sus propias manos. Sonrió un poco y las abrió despacio.
"Esta te cogió cuando naciste y llorabas sin parar", dijo. Luego movió los dedos. "Y con estos te até los primeros zapatos."

Lara acercó la cara. La pequeña cicatriz parecía un caminito pálido.
"Esto fue el día de tu tarta de dos años. El cuchillo resbaló. CRACK hizo el plato, y yo pensé: vaya lío". Lara abrió mucho los ojos. "¿Te dolió?"

"Un poco. Pero la tarta estaba buenísima", respondió, y las dos se rieron.
Después mamá enseñó sus uñas cortas. "Así puedo rascarte la espalda cada noche". Rozó la mesa con los dedos. "Y esta piel se hizo fuerte lavando biberones, platos y peluches embarrados."

Entonces Lara tomó aquellas manos con mucho cuidado, como si sostuviera un secreto. Besó la cicatriz del pulgar y se quedó pensando.
"Cuando yo sea mayor, quiero tener las manos como las tuyas". Mamá tragó saliva. "Las tendrás. Y serán preciosas."

Esa noche, antes de dormir, Lara puso su mano encima de la de mamá. La suya aún era como una semilla dentro de un nido.
"Todavía me queda mucho para llenarla". Mamá la tapó con la otra. "No tengas prisa", susurró.






