
cuentosIA
Lara y la playa de los plásticos

El domingo de invierno, Papá llevó a Lara a la playa.
No había sombrillas ni cubos ni olor a crema. Solo viento, mar gris y arena fría. Lara echó a correr hacia la orilla, feliz al principio, hasta que frenó de golpe, con el corazón encogido.

Entre las conchas había botellas, tapones de colores, un trozo de red y una bolsa enganchada en una roca. Parecían restos de una fiesta triste.
Lara miró a Papá y preguntó: "Papá, ¿quién ha tirado todo esto?"

Papá tardó un momento en responder. El viento le movía la voz.
"Mucha gente, poco a poco", dijo al fin.
Lara se quedó quieta. Aquella respuesta pesaba como una piedra mojada. Miró un tapón azul, medio enterrado, y lo sacó de la arena con cuidado.

Luego Lara cogió otro tapón. Y otro más.
No lo decidió con palabras; simplemente empezó. Papá la observó un instante, volvió hacia el coche y regresó con una bolsa grande. Sin hacer ruido, se puso a recoger también, a su lado.

Recogieron sin hablar mucho. Se oían las olas, el viento y, de vez en cuando, el crujido de algún plástico: CRACK.
Lara metía tapones y envoltorios en la bolsa. Papá soltaba de la arena una cuerda enredada. El trabajo era lento, pero seguía avanzando.

Al cabo de un rato, Lara encontró una botella medio hundida. Dentro chapoteaba un agua marrón con arena.
La abrió con esfuerzo y miró dentro, expectante.
"Pensé que iba a ser un mensaje", dijo, un poco decepcionada, sacudiéndose las manos frías.

Papá soltó una risa corta, suave, como para no romper aquel momento.
"A lo mejor el mensaje es la botella".
Lara la miró otra vez. Ya no parecía un tesoro perdido. Parecía una pista incómoda, de esas que te obligan a pensar y seguir.

Siguieron un buen rato más. La bolsa pesaba cada vez más, y los dedos de Lara estaban rojos y torpes.
Aun así, cuando veía un brillo entre la arena, corría hacia él. A veces era una concha. Otras, otro plástico esperando turno.

Cuando por fin pararon, la bolsa estaba llena. Lara levantó la vista. La playa seguía teniendo heridas: aquí una botella, allí una red, más allá varios tapones.
"No hemos limpiado todo", dijo, con un nudo pequeño en la garganta.

Papá se sentó a su lado sobre la arena húmeda. No intentó arreglarle la pena deprisa.
"No, pero hemos limpiado un trozo. Y mañana alguien limpiará otro trozo. Y así".
Lara escuchó el mar. Sonaba cansado, pero un poco menos solo.

Entonces Lara buscó en su mano el primer tapón azul. Lo limpió un poco con la manga y se lo guardó en el bolsillo.
"Para acordarme", susurró.
No de la suciedad, pensó, sino de aquel comienzo pequeño que sí cabía en sus manos.

De camino a casa, Lara fue callada. Miraba por la ventanilla, mientras el cielo se volvía más oscuro.
Al cabo de un rato preguntó: "Papá, ¿podemos volver el domingo que viene?"
Papá sonrió, y Lara apretó el bolsillo donde descansaba el tapón azul.






