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La ronda de los gracias

La abuela le da a Noa tres notas de «gracias» para repartir por el barrio, sin decirle a quién. Un paseo tierno para descubrir a las personas que cuidan de todos sin que nadie las vea.

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Portada: La ronda de los gracias

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La ronda de los gracias

Ilustración de la escena 1: La ronda de los gracias
01

Noa recibió de su abuela tres notas dobladas con cuidado. En cada una ponía una sola palabra: gracias.

—Llévalas por el barrio, Noa. Tú sabrás a quién darlas, dijo suave.

Noa guardó las notas y salió, curiosa, con pasos pequeños.

Ilustración de la escena 2: La ronda de los gracias
02

La calle olía a pan recién hecho. Noa vio al panadero abrir la puerta de la panadería, todavía con sueño, mientras colocaba barras calentitas en el mostrador.

Noa pensó: “Alguien ha madrugado por todos”.

Le dio una nota.

—Creo que esta es para ti.

Ilustración de la escena 3: La ronda de los gracias
03

El panadero leyó la palabra y se quedó quieto un momento. Luego sonrió como si el horno también le calentara el corazón.

—Gracias a ti, Noa. Hoy el pan sabe un poquito mejor.

Noa salió con olor a miga dulce en las manos.

Ilustración de la escena 4: La ronda de los gracias
04

En la plaza, la barrendera juntaba hojas, papeles y arena junto al banco. Su escoba hacía ras, ras, despacio y firme.

Noa miró el suelo limpio, listo para correr y dibujar rayas con tiza.

Entonces sacó otra nota.

—Esta dice lo que yo siento.

Ilustración de la escena 5: La ronda de los gracias
05

La barrendera leyó “gracias” y apretó la nota contra el pecho.

—Qué regalo tan pequeño y tan grande, dijo.

Noa siguió caminando. En su portal oyó caer gotitas: plin, plin. El vecino regaba las plantas de la escalera, una por una.

Ilustración de la escena 6: La ronda de los gracias
06

Noa subió dos escalones y vio la tierra oscura beber agua. Las hojas parecían respirar despacio.

—Abuela dijo que yo sabría a quién dar las notas, explicó.

Entregó la última. El vecino la leyó y sus ojos brillaron en silencio.

Ilustración de la escena 7: La ronda de los gracias
07

Al volver, Noa encontró a su abuela esperando. Ya no quedaban notas, pero sí una idea.

Noa dibujó una flor y escribió: “Gracias por enseñarme a mirar”.

La abuela la abrazó.

—Mañana haré más notas, susurró, feliz y tranquila.

Contraportada: La ronda de los gracias

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La ronda de los gracias empieza con Noa dibujando soles en la mesa cuando su abuela deja tres notas dobladas junto a su lápiz. En cada una hay una sola palabra: «gracias». El encargo es sencillo y misterioso a la vez: repartirlas por el barrio, aunque nadie le dice a quién. Y así, con pasos pequeños y mucha curiosidad, la pequeña sale a mirar su calle con otros ojos.

En su paseo, Noa descubre a las personas que hacen cosas buenas sin que nadie las vea: el panadero que madruga para que haya pan calentito, la barrendera que deja la plaza limpia para poder correr y jugar, y el vecino que riega las plantas de la escalera «cuando nadie mira». A cada uno le entrega una nota y observa cómo se les ilumina la cara. Al llegar a casa, escribe una cuarta: «gracias, abuela, por enseñarme a mirar».

Es un cuento corto de cadencia tranquila y repetitiva —una parada, un gracias— ideal para niños de 3 a 7 años. Funciona de maravilla en la hora de dormir, como lectura compartida en familia o en el aula para hablar de la gratitud sin sermones: aquí no se explica el valor, se muestra.

Un paseo de gratitud por el barrio

La ronda de los gracias sigue a Noa, una niña de seis años, en un encargo que le hace su abuela: repartir tres notas con la palabra «gracias» por el barrio. Sin pistas sobre a quién dárselas, Noa aprende a fijarse en lo que suele pasar desapercibido. El cuento avanza con una mecánica clara y repetitiva —una parada, una persona, un gracias— que ayuda a los más pequeños a anticipar y seguir la historia. Es una lectura breve, cálida y perfecta para leer de una sentada.

Qué aprenden los niños con este cuento

Más que una moraleja explícita, La ronda de los gracias enseña a mirar. Noa descubre el trabajo invisible que sostiene la vida diaria: el pan calentito del panadero que madruga, la plaza limpia de la barrendera donde jugar, las plantas del rellano que el vecino cuida en silencio. Los niños aprenden que dar las gracias es un gesto pequeño con un efecto enorme —«qué regalo tan pequeño y tan grande», dice la barrendera— y que la gratitud empieza por prestar atención a los demás.

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Por qué funciona como regalo

Un cuento sobre la gratitud, protagonizado por el propio niño, es un regalo que emociona a padres, abuelos y profes. Sirve para un cumpleaños, para el final de curso o simplemente para decir «gracias» a alguien especial. Y como el mensaje es universal y tierno, se disfruta tanto en casa como en el aula, y se guarda durante años.

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